LOS “CRISTIANOS” PRESOS

tuit kouri 5 de abril

La semana pasada escribí este Tweet:

Demasiadas personas leyeron “todos” donde en realidad dice “muchos” pero, prueba PISA aparte, la afirmación es cierta. Hay un montón de gente cuestionada, con investigaciones o procesos judiciales abiertos, condenas y reparaciones civiles por pagar, que se llama a sí misma “creyente”.

Ejemplo de estas personas que de puro cristianas quieren preservar la tradición y los valores y por eso son “pro vida” y están en contra la “unión civil”, son Carlos Raffo, condenado a prisión por peculado (robarle al Estado) y a pagar 2.5 millones de reparación civil; y Alex Kouri, condenado a cinco años de prisión por colusión contra el Estado (otra forma de robarle al Estado) y 26 millones de reparación civil. Ellos, entre varios otros políticos y “periodistas” “conservadores” y sus ayayeros -muchos de ellos cuestionados, investigados, procesados y condenados- están muy preocupados por los valores.

Y, todo esto, sin mencionar uno a uno los casos de la recatafila de curas, sacerdotes, pastores evangélicos y Sodálites acusados de los más diversos delitos que van desde robo hasta asesinato, pasando por secuestro, tenencia ilegal de armas, lavado de activos, tráfico ilegal de tierras, tráfico de personas, entre otros. Y peor aún, siendo “guardianes” de la “fe” y depositarios de la confianza de miles de creyentes, algunos están acusados de abusar sexualmente de menores de edad. Incluso de niños pequeños.

La ironía se cuenta sola, pero la paradoja va mucho más allá.

LA PAJA EN EL OJO ¿AJENO?

Como estado, como país, tenemos un gravísimo problema de corrupción institucionalizada. No es que tengamos un caso… o algunos… o varios casos de autoridades o funcionarios corruptos repartidos por aquí y por allá. No, la mitad de los gobernadores regionales actuales enfrenta alguna investigación por algún delito relacionado a la corrupción; hay más de 14 gobernadores y ex gobernadores regionales presos por esos mismos delitos y otro tanto de alcaldes acusados y presos. Y más importante: ninguno actuó solo y no tienen uno o dos cómplices como a algún candelejón -o muy cínico- le podría parecer, no. Ayer, el MEF congeló las cuentas de tres gobiernos subnacionales (dos regionales: Ancash y Callao y uno municipal, Chilca) para que no se tiren la plata los miembros de esas redes de corrupción que aún no han sido detenidos.

Peor y en la misma línea: no tenemos un solo presidente sin tacha. El actual tiene acusaciones -que, ciertas o no- siguen dando vueltas; Humala está acusado de recibir dinero de un país extranjero para hacer campaña; Toledo tiene orden de captura por presuntamente haber sido coimeado por Odebrecht; García acaba de ser incluido en una investigación (¡al fin!) y Fujimori está preso y todavía no terminan de enjuiciarlo por todo lo que hizo.

¿Y qué dicen al respecto todos estos cristianos que quieren mantener los valores tradicionales de los peruanos, proteger a la familia y a los niños? ¡Qué pueden decir si muchos son los protagonistas de estas historias de asalto flagrante al estado y sus ciudadanos o son los amigos de estos!

En mi columna de ayer escribí:

“(parece) que la corrupción no nos interesa porque ya percibimos metástasis y todo nos da igual o, peor, porque hemos terminado aceptándola pues ya forma parte de nuestra cotidianidad y no solo la toleramos, sino que hasta la vemos con comprensión: ven a mi casa esta Navidad.

No nos sentimos incómodos a su alrededor. Uno se encuentra con corruptos comprobados y algunos que salieron por tecnicismos del tipo “sí, es su voz, sí está coimeando, pero las pruebas no sirven porque fueron obtenidas de manera ilícita” y los saludamos como si no fueran esos que le robaron al país y en particular a los peruanos más pobres y necesitados.

Una sociedad que acepta al matón, al ladrón, al corrupto o incluso al asesino y los acoge sin problema, pero que se escandaliza porque dos hombres van de la mano por la calle, es una sociedad muy enferma.”

Gravemente enferma.

Porque la verdad es que no te molestan tanto los curas pedófilos y definitivamente no te joden los curas miserables que los protegen o los esconden o los alcahuetean. No te incomodan los ladrones y coimeros sinvergüenzas que se llevaron la plata que podría haber servido para hacer más puentes, más postas médicas o equiparlas mejor y poder haber salvado la vida de más niños o incluso de policías accidentados cumpliendo su deber. No te jode demasiado encontrarte con ellos en Bottega o en la Tiendecita Blanca y sentarte en la mesa de al lado si es que no hay otra; no te jode cruzártelos en La Gloria o en La Carreta o, casual, en San Antonio. Que esa gente que jodió a miles para robarse millones y que ahora se sienta delante de ti a gastárselos, no te mueve un pelo y no tienes ningún problema en presentárselos a tus hijos o a quien sea que te esté acompañando en ese momento. Luego, rajas un poquito porque, finalmente, la hipocresía es parte tu naturaleza; el doble rasero también es contra ti y, quizás, él haría lo mismo si el corrupto fueras tú.

Pero si delante de ti se sienta una pareja de homosexuales que de vez en cuando se tocan las manos por encima de la mesa, vas a pedir que los saquen. O que les llamen la atención para que se comporten. O que te cambien de lugar para no tener que ver de frente tanta inmoralidad. Pasu madre, qué pobre diablo eres.

CIERRE

Es semana santa. Yeshua ben Yosef era un judío palestino al que mataron por decir que nada de lo que le importaba a los demás, importaba realmente y que había que tratar al prójimo como a uno mismo. Mal hombre o mala hora para llegar.

Magias aparte, preguntémonos: Si este hombre viera a una niña de 11 años embarazada y desesperada, ¿la obligaría a dar a luz? Si viera a nuna pareja de homosexuales que no pueden visitarse en la clínica, ¿permitiría que hagan lo que sea necesario para que puedan morirse juntos? Si escuchara a Cipriani un sábado por la mañana diciendo que hay que preguntarle al pueblo si la niña de 11 años debe poder abortar o si le deben dar la píldora del día siguiente o si deben convertirla en madre de la semilla de su violador, ¿se acordaría de Barrabás?

¿Qué pasaría si este hombre de piel y ojos oscuros, de pelo largo trenzado y manos y pies toscos, apareciera hoy diciendo en esencia lo mismo que -dicen- dijo hace 2 mil años; que el mandamiento universal es ama a tu prójimo como a ti mismo?

Quizás Butters se burlaría de él en la radio y diría que parece medio cabrito y que seguro encima es un misio, “¿Qué cosa sabe ese?¿A quién le ha ganado?”. Y llamaría a su amigo el cardenal para que le sobe la pancita y le diga que es buen chico. Y luego a su amigo Altuve Febres, religiosísimo abogado de Odebrecht, para que demuestre por qué es que ese zambo es un farsante marxista. La recatafila de mafiosos “pro vida” (que haya mafiosos pro vida no significa que todos los pro vida sean mafiosos) dirían que ese jipi cochino no los representa y que, de hecho, no representa a nadie. Barba y Rey, dirían más o menos lo mismo pero insultando a alguien que no tiene nada que ver en el asunto de taquito y descalificando a Jesús porque “seguro es marihuanero, porque mi vecino es un pelucón igualito y fuma marihuana”. Figari, desde Roma y rosario en mano, mandaría a preguntar si el jipi tiene hijos. Alex Kouri -desde la cárcel, con su camisa negra- diría que no hay que hacerle caso porque es un n.n. pestilente. Desde la Diroes, Fujimori dirá que si el flaco no se pone en orden, se puede convertir en uno de los huevos de la tortilla, como el niño de 8 años asesinado en Barrios Altos. El pastor Rodolfo González Cruz diría que si lo ven hablándole a la gente hay que matarlo antes de que convierta a todos en jipis pulguientos. Los “ConMisHijosNoTeMetas” berrearían para que el Estado no le permita acercarse a sus hijos, ¿Y Figari? Ah sí, ese sí todo bien. Castañeda esperaría a ver qué pasa para saber si coge una piedra y se la tira en la cabeza o le recoge la túnica con un gesto sumiso y su risita de siempre. Y Cipriani soltaría alguna idea ajena como suya para parecer inteligente sin molestarse en decir de quién es en realidad.

La verdad es que si Jesús se apareciera hoy, lo matarían más rápido y desde lejos, como para no tener que tocarlo -debe tener pulgas- o escuchar tonterías como que todos los hombres son iguales ante los ojos de dios.

PS Al tuit de Kouri que abre este post le sigue esto:

Y finalmente…

También tenemos que reírnos. 🙂

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Lo idiota es tu idea, no (necesariamente) tú

 

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El Monstruo Volador de Espagueti y el traidor.

Si estás firmemente convencido de que tienes derecho a expresar en público lo que opinas, piensas, dices o crees; entonces tienes que estar preparado para que cualquiera en el público te diga que lo que opinas, piensas, dices o crees no tiene sentido alguno, sin importar cuán sagrado lo consideres.

Que pertenezcas o no a una mayoría cualquiera no te faculta, ni a ti ni a tu grupo, a tratar de imponer en la vida ajena aquello que piensan, sienten, opinan o creen por más bueno, necesario o deseable que lo consideren, ni tiene nadie que respetar tus ideas ni tus creencias más allá de la tolerancia. Tolerancia que, en realidad, es una palabra con truco y que usamos mal porque tolerar es siempre, de alguna manera, aceptar algo a regañadientes pues, en realidad, no termina de convencernos. Distinto es asumir ese algo como un igual: eso se llama aceptar. Aceptar que existe, aceptar que tiene tanto derecho como tú a existir y a ocupar el espacio público y de acceder a los derechos y oportunidades a los que accedes tú. Nada menos que eso es aceptar.

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Sí, hay gente que cree estupideces como esta.

En tu espacio privado, mientras no sea ilegal, puedes quedarte sin rodillas rezándole al ser invisible que más te guste o cantarle el arroz con leche a un toro antes de matarlo con un cortaúñas y comértelo con papas fritas, o cocer a fuego lento a un gatito y engullirlo guisado con culantro pellizco a pellizco (siempre que de esto último no sepa nadie, porque pocas cosas indignan más a la gente en nuestro país que enterarse que alguien más come gato).

Hay una distinción que no estamos haciendo a la hora que elegimos (sí, elegimos) ofendernos por lo que alguien más afirma de lo que decimos, pensamos o creemos. El que dice que tu idea, creencia u opinión es estúpida (o que no tiene sentido, que es más o menos lo mismo) no te está diciendo estúpido a ti, ni te está insultando, ni te está injuriando. Porque, te cuento, la injuria es delito, así que si te injurian anda y demándalo. Las ideas que cada uno suelta (habladas, escritas o como sea), una vez dichas, son independientes de cada uno. Para bien y para mal.

Si alguien dice que le parece ridículo creer en un ser cuya existencia no se puede comprobar, no te está diciendo ridículo a ti, que te arrodillas cinco veces al día con tu brújula en la mano a rezar; está diciendo que le parece ridículo creer en eso que tú crees y la manera en la que lo crees. Y no se trata de acciones sin sujeto, como podrían querer pensar algunos que seguramente tiran la piedra y esconden la mano. Sucede que no somos indesligables de nuestras acciones e ideas así como no constituimos nuestras equivocaciones en el momento en que las perpetramos, ni antes ni después.

En el extremo, todo es ofensivo para alguien: “la verdad”, “la mentira”, “la sugerencia”, “la duda”, “la felicidad” y “la risa” (tantísimo) pero, sobre todo, la crítica en forma de sorna. Son muy raras las ocasiones en las que se hace escarnio gratuito de algunas de estas cosas que pensamos, decimos o creemos; la burla o la ridiculización aparecen cuando pretendemos fundamentar, explicar, defender o justificar creencias o convicciones personales forzándolas en el espacio público. ¿Cómo? Por ejemplo, poner una cruz en un tribunal de justicia o cosas incluso más serias con implicaciones peligrosas y potencialmente nefastas como, por ejemplo, intentar definir la vida o determinar el futuro de una niña a partir de una tradición basada en un libro apócrifo de más de 1.500 años. Tu derecho a defender lo que crees en el espacio público es exactamente el mismo que tiene el resto de burlarse de ello o de descalificar tus justificaciones en el mismo ámbito.

morgan freeman tuit homophobia

“Odio la palabra homofobia. No es una fobia. Usted no está asustado. Usted es un estúpido.”.

Las personas solemos asumir personalmente -y de muy mala gana- las críticas contra lo que pensamos como si nos estuvieran criticando a nosotros. Y no pues, no es lo mismo. Insinuar que aquella historia de María con el ángel anunciador y el Espíritu Santo convertido en pajarito era un cuentazo para lijarle los cuernos a José, no es como mentarle la madre a alguien por más que ese alguien sienta que es igual. Porque no es pues, no es, y si no, que lo diga un juez.

¿Eres lo que sientes? ¿Eres lo que piensas? ¿Eres lo que dices? ¿Eres lo que crees? No, eres lo que haces sobre todo cuando lo haces consistentemente. Eres eso que no puedes dejar de ser aunque quieras: no puedes dejar de ser blanco, rojo, amarillo, negro, homosexual, heterosexual, indio, chino, discapacitado, peruano, chileno (respecto a estos dos hay opiniones…), cristiano, musulmán, judío o lo que sea. ¿Te das cuenta de la diferencia entre burlarse de una persona y un estandarte? Y nadie puede burlarse de quién eres, pero de tus ideas, en particular si se las quieres imponer al resto, por supuesto que se pueden burlar, que saquen su tícket y hagan su cola.

Así como nadie debería meterse a tu templo, iglesia o centro de adoración a decirte cuán tonto le parece lo que crees y haces, no puedes meterte tú a imponer tus convicciones en la vida de los que no comparten lo que crees. Es reciprocidad pura, ni siquiera tolerancia. Es asumir que todos somos iguales y que sea lo que sea que cada persona cree tiene el mismo valor que lo que cree tanto uno mismo como el vecino. Marcianos, Alá, Papalindo, Nessie, la Gran Mandarina o el monstruo espagueti volador; da igual mientras lo que crea lo crea en su casa y espacio privado y respete el espacio público que es de todos.

Que algo -lo que sea- una creencia o costumbre, sea vieja y masiva no significa que sea buena, ni justa, ni adecuada. Solo significa que es vieja y masiva. ¿Así como era con la esclavitud antiguamente? Así, igualito.

Claro, es más complicado cuando tu creencia te dice que es la única de verdad y que todos los demás están equivocados. Y afirmar que todos los que no piensan como uno son unos apóstatas zopencos pobrecitos que arderán por siempre en las llamas del Hades al lado de Baphometh también es violencia. Sí sabes, ¿no?

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“Dios odia a los maricas” “Tu pastor es una prostituta” “Dios odia tus lágrimas” “Gracias a Dios por los soldados muertos”, parece que Dios es una persona muy enojada, pero sobre todo muy violenta…

Si te mortifica que alguien se meta con tu fe, combátelo en el frente de las ideas (una creencia es una idea asumida como una verdad sin posibilidad de ser objetivamente demostrada, siempre, pero una idea al fin), debate, fundamenta, replica en las mismas condiciones. Incluso demándalo si sientes que te ha ofendido y personalmente vejado y exige rectificación y hasta reparación en metálico si te da la gana. No te piques y no pidas censura porque sucederá -puedes estar seguro de ello- que si te hacen caso, no pasará mucho tiempo hasta que a alguien más le parezca blasfemo y ofensivo lo que tú dices, piensas o crees y entonces alguien más pedirá que te censuren a ti. Ten la seguridad de que lo harán.

Ser políticamente correcto[i] no es un valor, es una necesidad para la convivencia cuando el statu quo peligra (¿nos gusta el statu quo?). La libertad de expresión, en cambio, sí lo es. ¿Y sabes por qué? Porque esta se destruye por completo donde la anterior solo se despostilla; porque ser políticamente correcto es una decisión y la segunda un derecho fundamental que debería ser irrenunciable no solo por el derecho que tiene cada uno de decir lo que piensa si no también y sobre todo, el derecho que tienen los demás a escucharlo, verlo u oírlo, es decir, el derecho a conocer.

Y el asunto con los derechos a medias es que son como dios: en realidad, no existen.

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¡Bendíceme, oh Baphometh, ilumíname con la naturaleza melancólica de la duda infinita!

(Publicado originalmente en marzo de 2015)

[i] Lenguaje, ideas políticas o comportamientos con los que se procura minimizar la posibilidad de ofensa hacia diversos grupos. Afirmar que dios no existe puede ser políticamente incorrecto pero nadie puede ni debe ser reprimido por afirmarlo. Afirmar que hay que perseguir, apresar o matar a los cristianos es delito (y de imbéciles) y sí debe ser perseguido y reprimido. ¿Se entiende la diferencia?

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Estimado Sr. Presidente:

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No tengo US$100 millones en el banco ni 80 años. Empiezo con eso porque me han dicho que esos son dos pre-requisitos que debe presentar alguien para que usted se sienta interesado en hacerle caso. Porque me aseguran que usted escucha a todo el mundo, pero que solo se hace caso a usted mismo. Imagino, porque usted es el único de entre quienes lo rondan que podría tener esa plata y tiene esa edad.

Me dicen también que usted desprecia profundamente la política; que la considera un oficio menor, de gente pequeña que debe vivir engañando sistemáticamente a otra gente para que la elijan y la mantengan. Me dicen que usted encuentra despreciables a quienes negocian su apoyo a cambio de alguna prebenda, sobre todo cuando se trata de apoyar iniciativas que benefician a la sociedad en su conjunto, que impactan en el bien común y que trascienden individuos y partidos.

Presidente, en un mundo justo en el que los hechos y la evidencia científica importaran tanto como los principios y la ética porque la acumulación material no constituye el motor que mueve a las sociedades y ha devenido en constituyente fundamental de su identidad, su enorme desdén y asco por la política ratoneril tendría lugar. Lamento informarle que, desgraciadamente, Sr. Presidente, no vivimos en ese mundo.

Vivimos en un mundo en el que a las ratas se les mata o, en el mejor de los casos –si se es crudi-vegano, unicornista, hindú o discípulo junkie del new age– se les aísla y mantiene a raya. Vivimos en un mundo en el que hay un montón de miserables que piden negociar antes de apoyar normas para que los chicos puedan ir al colegio y a la universidad sin que los engañen.Vivimos en un mundo al que no le importa nada más que su bolsillo.

Simpatizo en parte con su mirada hacia la política y sus actores. También encuentro terrible y de miserables que un sujeto negocie un voto para poner un caño a condición de que se contrate a su pariente para poner ese caño.

El problema es que en un mundo en el que la obtención de renta se pone por encima de cualquier otra consideración, ser principista sin ser práctico es un gran riesgo. A las ratas, le decía, se les mata o aísla. Uno no normaliza su vida para incorporarlas ni les pone casa, seguro social ni derecho a voto. Y la razón es simple: la rata no puede ser quien no es porque ni siquiera puede imaginar otra cosa.

Odebrecht acaba de reventar y todos estamos pendientes de los detalles y, sobre todo, de los nombres. En gran medida, porque involucra a más gente de la que uno está dispuesto a imaginar, pero también porque es la gran oportunidad de las ratas de probar que, en el fondo, todas son ratas. Depende de usted y de su equipo demostrar que no es así: caiga quien caiga, sin importar si uno se llevó 50 millones y otro en cambio solo 10 mil o uno antes y otro después. Todos los corruptos condenados y/o presos, no importa si no cumplen condena por prescripción.

El mensaje debe ser fuerte y claro: le robas al país y te jodes de por vida.

No retroceda. Y si lo hace pensando que ello servirá aunque sea para sacar los cuatro proyectos por los que quiere ser recordado, piense que solo se convertirá en un cómplice de todos a los que les da igual la justicia, la ética y el Perú republicano que Ud. prometió. La mejor manera de ser intrascendente es no hacer olas y, en épocas como estas, la intrascendencia es complicidad.

Llegamos al 2017 y a su gobierno le quedan 4 años y medio por delante. En el lapso transcurrido ha hecho usted un gobierno desigual, disparejo y accidentado. Ha hecho cosas buenas, pero las malas siempre sonaron más fuerte. Mucho más fuerte. Tanto que hay quienes se atreven a afirmar que no hizo usted nada. Sabemos quiénes son, sabemos por qué lo dicen y sabemos qué sucede luego. Y debe tener usted muy fresco el ejemplo: su ministro de Educación, Jaime Saavedra, a quien se bajaron sin asco y a mentira limpia.

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Los hechos, señor presidente, han dejado de importar. Importa el manazo, importa el arranchón y la carrera, importa el hostigamiento, importa el volumen de la mentira, importa la cantidad de veces que esta se repite, importa el concreto, importa no ser “blanco”, “caviar” o “pituco”; importa llevar la fiesta en paz a cualquier precio, importa dejar que el país crezca aunque sea conducido por burros rebuznándole a gritos a otros burros.

Usted lo sabe, es un tipo hábil e inteligente. Quizás, quiero pensarlo, está abrumado por el desparpajo de tanta malcriadez y matonería, pero quiero creer que ya reaccionará. Quiero creer. Tras su discurso de 28 de julio me entusiasmé tanto como muchos otros peruanos de distintas tendencias políticas. Usted describió el país que muchos queremos: un país civilizado. En las últimas semanas hemos visto cuan lejos está ese país, sobre todo si nos dirigimos a él en mototaxi.

Muchos nos sentimos ahora como cuando juega Perú y en los primeros minutos algún delantero pega un puntazo que da en el palo del arco rival. Llenos de expectativa esperamos alguna genialidad que defina las cosas, que ponga el marcador a nuestro favor, pero en cambio llega el gol del rival a los 5 minutos. Su discurso fue ese tiro al palo, el gol ajeno fue la censura de Saavedra.

Feliz año, señor presidente. Y recuerde: no se lleva la fiesta en paz dejándose pegar.

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(Columnas publicadas en Perú21 entre el 28 y el 30 de diciembre:

http://peru21.pe/opinion/luis-davelouis-estimado-sr-presidente-2266236

http://peru21.pe/opinion/luis-davelouis-estimado-ppk-ii-2266335

http://peru21.pe/opinion/luis-davelouis-feliz-ano-presidente-2266435)

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Causa justa

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Recién con la publicación de Altavoz, en la que una víctima de acoso se presenta ante un periodista a hacer una denuncia, la carga de la prueba pasa del acusador al acusado. El silencio de Faverón -de mantenerse, como sospecho que habrá de ser- será tremendamente elocuente. Las declaraciones de una víctima que se presenta ante un periodista, aún sin dar su nombre (cosa que no entiendo, pero depende de quien denuncia y de quien recoge esa denuncia), son cosa seria aunque no constituyan pruebas en sí mismas sino indicios. De nuevo, correspondería que aparezca el acusado para refutarlos cosa que, pienso, no sucederá.

La serie de pantallazos con conversaciones claramente editadas y que en primera muchas personas tomaron como prueba irrebatible e irrefutable, ni siquiera eran indicios firmes. No, no lo eran. Una cosa es lo que uno escoge creer y otra lo que objetivamente dice la realidad: acusaciones anónimas que presentaban como pruebas imágenes de conversaciones editadas. ¿Prueba de qué puede ser algo tan lábil y manipulable? ¿Hay que creer como sea solo porque quien afirma una determinada cosa (se supone que) es una mujer? Ese argumento es tan estúpido como afirmar que Faverón es inocente porque un escritor y crítico literario no usa emoticones y no se expresa de “esa” manera tan cruda y vulgar. Como si una cosa tuviera en absoluto que ver con la otra.

Ha sido muy interesante observar que ciertos activismos a favor de la igualdad de género sean tan intolerantes, tan represivos y tan violentos como aquellos que acusan en la sociedad y que dicen querer cambiar. Por ejemplo, yo dije que tenía derecho a dudar de que aquellos indicios fueran genuinos, de cualquier prueba así presentada. Alguna activista me dijo que eso equivalía dudar del testimonio de las víctimas, que dudar era violentarlas de nuevo. Luego se sugirió de la forma menos sutil posible que yo estaba siendo solidario con Faverón por mi género, o por mi “clase” y otro montón de cosas que en realidad no son argumentos sino ataques ad hominem de lo más ramplones. Falacia tras falacia.

Algunos insistimos en que teníamos derecho -y el deber, si además algunos somos periodistas- a dudar de aquellos pantallazos presentados como si fueran pruebas por personas que no daban la cara ni su nombre real. A María Luisa del Río, quien, me consta, detesta a Faverón, le dijeron de todo por atreverse a dudar de las pruebas presentadas por la tal Julieta. A Mónica Cepeda la atacaron de frente y de perfil por defender ese derecho y ese deber de no tomar lo primero que te dan como cierto, como verdad inamovible.

Y resultó que la punta de lanza hasta ese momento, la acusadora de perfil más alto, la tal Julieta era, en efecto, un personaje que no solo no existía, sino que la persona o personas que la inventaron habían armado toda una red de personalidades ficticias para lanzar esos pantallazos que, ahora sabemos, carecen de toda validez porque en efecto estaban editados. Pero a María Luisa y a Mónica ya les había caído por atreverse -prudentemente y sin defender a nadie- a dudar de indicios que a todas luces eran truchos. Y es que parece que una vez encendidas, las antorchas solo se apagan después de quemar a alguien y que no puede haber revoluciones sin muertos, ni reivindicaciones sin víctimas o sin, al menos, un victimario rostizado.

“Qué miedo da que dudes, qué peligroso”, le dijeron a alguien por ahí. A mí me aterra la gente que piensa que sus certezas deben ser las de todos y que está convencida de que si no es así, los equivocados son todos los demás. A mí me aterra la gente con convicciones más grandes que sus ideas. A mí me aterran las alturas morales hipertrofiadas, el ombliguismo autoreferencial de los “justos”, su maniqueísmo bíblico. Me aterran los fanáticos.

Es buena idea recordarlo: Todos esos que se oponen a la Unión Civil, al matrimonio igualitario, al reparto gratuito del AOE o a que una mujer decida qué y cómo hacer con su cuerpo incluso luego de haber quedado embarazada tras ser violada, tampoco tienen duda alguna de que tienen la razón.

Por eso me parece un ejercicio saludable e interesante detenernos a mirar qué fue lo que quemamos en la pira junto a Faverón porque, ojo, Faverón no se quemó solito. Y no perdamos de vista que, virtualmente, a él lo metieron adentro con el primer tweet aún anónimo entonces y lo fusilaron en el acto en cuanto apareció la tal Julieta. Ese, sin embargo, es un ejercicio que debería hacer cada uno desde donde le tocó estar o desde donde eligió estar. Una ayudadita: nos birlamos la presunción de inocencia, la carga de la prueba, el debido proceso pero, más importante que todo eso, nos negamos a pensar y quemamos nuestro sentido común en la hoguera de nuestras convicciones moralmente superiores.

Algunos, pienso, tratamos de no movernos en estampida o por lo que haga o diga el resto sino por lo que nos dice nuestra consciencia. Es un intento honesto y jodido, porque treparse al carro de alguien más o de la mayoría siempre es mucho más cómodo y mucho más fácil. Y claro, también muy popular. Decir: “esto es lo que yo pienso: si te gusta bien y si no, también”, no lo es tanto.

machosprogreVarios sugirieron, muy tosca e infantilmente, casi como si fuera una especie de chantaje, que los que se atrevían a dudar y a expresar esa duda estaban deshonrando lo que dijeron/hicieron/escribieron por o en #NiUnaMenos. Imbéciles habrá siempre y a esos no se les hace caso, pero algunos otros son amigos y me gustaría aclarar algo a ese respecto: Yo quiero, como ya lo he expresado, que a mi hija la traten exactamente como me tratan a mí, ni más, ni menos; ni peor, ni mejor. Por eso abrazo una causa que me parece justa, necesaria y urgente; por eso creo firmemente que si no hay un cambio político no habrá cambio alguno en la sociedad y todo seguirá como es hoy.

Pero, esto es muy importante, me permito disentir y pararme al frente cuando en nombre de esa causa se llevan por delante la civilización. Yo no me he enlistado en ninguna milicia, banda o pandilla; no soy un creyente, devoto ni mucho menos fanático de causa alguna. Intento ser justo y con eso tengo suficiente y a veces demasiado. La tentación del linchamiento es muy grande y quizás sea por eso que en nombre de todas y cada una de las causas justas por las que alguna vez ha marchado el ser humano se han cometido enormes, terribles y demasiadas injusticias y barbaridades. Un linchamiento jamás es justicia y, a menos que pensemos que es cierto eso de que “muerto el perro se acabó la rabia”, no soluciona nada. No realmente.

Esto es lo que me gustaría compartir con algunos de ustedes y por eso recién me animo a escribir algo propio que no esté colgado de algo más: para mí, esto jamás se trató de Faverón.

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#NiUnaMenos

​Denle una vuelta a la página de la marcha. Es indispensable para entender el tamaño del problema. Y de primera mano. Esto es el post que puse allí. #NiUnaMenos
Hola. He leído -pienso- todos los testimonios que han posteado. Estoy admirado de la fortaleza que he leído en sus palabras y sus historias. Pienso que yo no podría volver a salir a la calle ni mirar a la cara a nadie nunca más. Pienso que es probable que haya terminado matándome si me hubiera pasado el 5% de las cosas que he leído que le ha pasado a algunas de las mujeres que con tanto valor y desprendimiento han compartido el daño, la miseria y la injusticia terribles de las que han sido víctimas inocentes. Creo que no podría. Yo no podría. Porque estoy aterrado.

Hasta ahora, jamás había sido capaz de entender algunas posturas feministas. Sigo sin entender algunas, pero ahora comprendo muchas cosas. Quizás el sentido de la empatía me funciona mejor que las neuronas o simplemente no tenía la perspectiva adecuada. O era, es lo más probable, que todas mis premisas eran falsas o estaban equivocadas. A veces los puntos de partida deciden los puntos de llegada.

Pero puede ser, también, la navaja de Ockam: que toda mi vida haya sido un patán. Porque sucede que no me puedo reconocer no entendiendo ni solidarizándome ni aún siquiera intentando comprender lo que significa o significó pasar por algunas de las cosas que cuentan algunas de ustedes aquí. Y peor: ni siquiera habiéndolo tenido al frente mirándome y hablándome. No me puedo reconocer en un tipo al que le cuentan alguna de estas cosas y que no se le escarapela el cuerpo ni se le caen las lágrimas ni le dan ganas de vomitar como se me ha escarapelado el cuerpo y se me han caído las lágrimas y cerrado el pecho de la náusea leyéndolas estos últimos dos días. Y a la mayoría de ustedes ni siquiera las conozco.

Hasta hoy que escribo esto con el estómago en la garganta y el corazón sobre la mesa, no tenía idea ni de la profundidad ni de lo doloroso del asunto. De verdad, no tenía idea. No sé si porque vivía en negación constante o porque en verdad era un punto ciego desde donde yo andaba parado, pero lo cierto es que no sabía. Y lo siento muchísimo porque me he burlado incontables veces de eso de la “invisibilización” y el “falocentrismo” o “androcentrismo” y lo “heteropatriarcal” y el “machismo” porque los veía como cháchara ridícula y exagerada, consigna vacía. Teatro, pose de drama queen que quiere que le inclinen la cancha a favor y por eso está detrás de cuotas de género para todo. Y por eso me he burlado y reído mucho, muchísimo, en público y en privado. Y me burlaba porque no tenía idea. Ni puta idea. Y lo siento. Siento haber sido incapaz de ver el mundo que sufre la mitad del mundo por haber nacido con vagina en vez de pene. Lo siento.

Quiero ensayar una explicación que no justifica nada, en absoluto, pero que, quizás, dadas la profundidad del problema y lo lejano de una solución definitiva, puede ayudar. Todo esfuerzo que se haga por explicar y entender más y mejor el asunto, suma, creo. Esto también, a manera de disculpa con todas ustedes.

Dicen que la medida de toda mujer en la cabeza de un hombre es su propia madre. El modelo de mujer que está en mi cabeza es un animal muy raro y que nunca había entendido completamente. Creo que nunca escuché a mi madre quejarse de nada, resolvía en instantes y de mil maneras el problema que fuera que tuviera delante. Y lo resolvía por sus hijos también. Con dos niños de 3 y 1 años echó al marido de la casa y nunca más tuvo otro. Pudo contratar a alguien que la ayude en la casa recién cuando sus hijos cumplieron 9 y 7 años. Durante nueve años se ocupó por completo de la casa, de sus hijos y de su trabajo porque era una alta funcionaria del Estado. Se mudó con ellos a Arequipa cuando tenían 11 y 9 años manejando y con todo lo que pudo cargar sobre el techo de su Volkswagen escarabajo para que pudieran entrar al colegio que ella quería para ellos. Convencional como era y es, tomaba la vida por asalto siempre y sin tomar prisioneros. Jamás la oí ni la vi apelar a su condición de mujer para exigir, pedir o conseguir algo, nunca. Siempre fue la jefa y se portaba “como un hombre”, a grito pelado y lisura y media cuando era necesario. De armas tomar sin importar a quién tuviera al frente: al Presidente de la República, al jardinero o a la señora que vendía pescado en un puesto de Epsep en el mercado. 

Me tomó muchos años entender que jamás pidió ayuda porque nunca tuvo a quién pedírsela y que se llevaba de encuentro al mundo en un mundo de hombres porque tenía hijos que dependían de ella. Peleaba “como hombre”, hablaba “como hombre” y se sacaba la mierda trabajando “como hombre”. Esa es -o era- mi imagen de mujer: una a la que no hay necesidad alguna de favorecer ni tratar de manera especial. La única vez que vi que la agredieron físicamente -tendría yo 6 o 7 años- no se quejó ni fue a denunciar a nadie sino que con su metro sesenta agarró a manguerazos al miserable que era hombre y más grande que ella. No sé si la habrán acosado en el trabajo. No sé si la habrán insultado en la calle (bueno, una vez hace no tanto cuando le reclamó a alguien por estar estacionándose en el lugar para discapacitados y le gritaron “¿A usted qué mierda le importa vieja puta de mierda?”, pero esa fue una mujer). No tengo idea de qué violencias ha sido víctima porque eso no se dice y de algunas cosas no se habla. Así que crecí pensando que eso es lo normal. Completamente ciego al mundo que ve la mitad de las personas del planeta. De mi país.

Hoy tengo una hija y me aterra lo que veo. No quiero que le den ventajas ni consideraciones especiales por ser mujer, quiero que la traten como tratarían a su padre. Ni más ni menos. En la calle nadie se siente con derecho a decirme nada. Ni a insultarme ni a piropearme ni a mirarme lascivamente. Nadie se siente con derecho de abordarme si me ven emborrachándome solo sobre la barra de un bar. Nadie se siente con derecho a abordarme nunca. Mucho menos a tocarme. A nadie se le ocurre que yo necesite salir acompañado a la calle ni de día ni de noche ni a la hora que sea. Cuando alguien me tocó de mala manera en el Metropolitano le reventé el hocico de un codazo y no pasó nada. Nunca nadie sintió necesario preguntarme si era casado o si esperaba o quería tener hijos cuando me presenté a alguna entrevista de trabajo. 

No soy Brad Pitt: soy grande, gordo y feo y no me siento menos que nadie. Soy grande, gordo y feo y siento que el mundo es mío. No quiero que mi hija sienta que tiene que ser chiquita, flaquita y linda para no ser invisible. No quiero que mi hija sienta, nunca, que el mundo no puede ser suyo si es de una determinada manera. O si no es de una determinada manera. 

Les pido a todas ustedes perdón. Y a mi hija también. Porque ha llegado a un mundo de mierda que su propio padre ha ayudado a construir con su tremenda y terrible ignorancia.

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El Bendito Telar

Se solía pensar en el New Age como una huachafería inocua pero nos fuimos dando cuenta de que muchos estafadores traficaban con la necesidad urgente de creer que tenemos las personas: los beneficios de la dieta paleo, de ingerir alimentos “orgánicos” que no atacan el medio ambiente y que no han sufrido modificaciones en su estructura molecular, de las flores de Bach, de las constelaciones etc etc etc. La más reciente de estos negocios (porque todo lo anterior cuesta más por ser más “natural”) es el telar o flor de la abundancia o de la prosperidad que no es más que un CLAE unicorniano: “abre tu corazón y tu mente y dame lo que hay en tus bolsillos que el universo te lo devolverá con creces”.

FLOR

Es muy interesante que haya gente que afirme y asegure que esa vaina de los telares no son una pirámide. Y digo interesante porque nos dice algo de la alucinante capacidad de la gente de creer lo que quiere creer incluso en contra de toda evidencia. La alternativa es asumir que los que defienden el esquema ya saben que es un timo y qur actúan con dolo y mala fe. Mejor creemos que son tontos no más y no unas mierdas.

La estafa (porque eso es, una estafa) de los telares se ha paseado por varios países del mundo y hay casos y testimonios dramáticos en América Latina que incluyen la muerte de alguna mujer a manos de su propio marido por haber perdido dinero que no tenían en un esquema Ponzi del que el salvaje del esposo no sabía nada. (Por supuesto, esto dice de la desesperación de estas mujeres por, de alguna manera, lograr cierta autonomía económica y quizás escapar. Y quizás solo este tipo de desesperación justifique meterse en algo así. “Jalar” a más gente no está justificado bajo ninguna circunstancia).

Esta pirámide explota principalmente cuatro cosas: en primer lugar la ignorancia. Como bien decía Gabriel Ortiz de Zevallos en el muro de Patty Del Río, a menos que creas que la plata puede tener hijitos es imposible comprarse la idea de que “el universo”, “la flor”, “el telar”, “el amor” o “la diosa de la abundancia” te va a devolver eso que invertiste (sí, invertiste porque esperas retribución) multiplicado.

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La ignorancia se potencia con la necesidad: muchas de las mujeres que han sido víctimas de esta estafa del telar en otros países, eran personas que necesitaban el dinero para, como dijimos hace unas líneas, procurarse alguna autonomía, algún alivio económico. Y algunas se endeudaron más allá de sus posibilidades para terminar favoreciendo a otras. Y algunas de las que se endeudaron y no pudieron recuperar su dinero fueron asesinadas por ello. Hablando del amor y el “empoderamiento” de las mujeres, entre mujeres y por las mujeres. ¿Cuánto les importa estas amenazas de muerte y desgracias a todas esas mujeres que siguen defendiendo este engaño? Esas vidas les importan nada.

Las personas tenemos una necesidad enorme de pertenencia y de creer en algo y es mucho más fácil creer en algo tangible.

Es decir, si podemos creer que después de morir iremos al cielo a reunirnos con nuestros familiares muertos y a ser felices por toda la eternidad -o al infierno si no hemos sido lo suficientemente fieles a unas exigencias apócrifas de 5 mil años que no cumplen ni siquiera los que las usan de estandarte-, podemos creer prácticamente en cualquier cosa. Una promesa más que representa un pequeño riesgo y sacrificio y que nos exige un poquito de fe (porque hasta donde sabemos nadie le firma a uno un recibo por los US$1,400 que invierte) a cambio de grandes recompensas en esta vida es casi casi irresistible. Después de todo, no sabemos si hay tienda Prada en el cielo.

En el caso peruano, hasta ahora al menos, la codicia es quizás el principal móvil de esta explosión de “fe”. Es decir, US$1.400 no es algo que le duela mucho a una funcionaria de clase media alta. No realmente. Si pierde la plata probablemente se demore tres meses más en juntar para esas vacaciones en Fiji el próximo año. El riesgo, en ese sentido, es bajo y la recompensa potencial enorme: pones US$1.400 y pocos meses después -pero siempre dependiendo de tu esfuerzo y capacidad de convencer de las virtudes de este telar a otras mujeres- recibes 30 mil dólares.

Y, si lo miran bien, es el mismo rollo de empoderamiento, autonomía e independencia que las empresas de producción y venta de cosméticos en espacios privados han utilizado por decenas de años: Belcorp, entre ellas (y varias señoras y señoritas que trabajan allí están metidas hasta las orejas en el telar de la abundancia y lo defienden a insulto pelado). Estas mujeres no son necesariamente del nivel socio-económico A, lo que quiere decir que la pirámide empieza a bajar y va a terminar como todas: afectando a gente que mete los ahorros de varios años o se endeuda para participar a cambio de la recompensa.

Todo sistema piramidal funciona más o menos así: el individuo uno convence a otros siete individuos de que si le dan cada uno US$ 2.000, cada uno de ellos recibirá a su vez US$2.000 de otros siete individuos esparciendo y difundiendo “la abundancia”, “la palabra”, “la paz”, “la fuente”, “la flor”, la bienaventuraza” o lo que sea. Y así sucesivamente. El primero recibe US$14.000 y cada uno de los que están en la pirámide recibe US$14.000 hasta que todos los de ese grupo están metidos en la pirámide… y necesitan su dinero de vuelta, su recompensa.

Estafa-piramidal

Entonces miran hacia otros lugares. Primero se estafan entre familiares, luego entre amigos, luego entre conocidos. A medida que se van quedando sin gente “igual” se acercan a cualquiera que sea capaz de comprarse tamaña farsa: usualmente gente de menores recursos. Empiezan las “juntas” (no, no las formas de ahorro colectivo de la oficina, sino reuniones para estafar a varios a la vez) que funcionan como redes de pesca: “¿por qué ir buscando peces uno por uno si los puedes meter todos en una sala y venderles esta vaina con power-point, coctelitos y sanguchitos?”. Y así es como la pirámide va creciendo.

La lógica es simple: el de arriba se agarra la plata de los de abajo y el flujo de dinero depende de la capacidad de los que van entrando de meter más gente en la trampa. La plata NO SE REPRODUCE solo entra y sale concentrada. Como ni la gente ni la plata son infinitos en un monento el flujo se detiene y la cantidad de gente que se queda sin “recompensa” es incalculable. Lo que me temo es que si ya está en los medios, es porque ya empezaron a aparecer los primeros síntomas de colapso. Si conocen a alguien que esté “pensando” en meterse a esto, deténganlo y prevengan que lo/a estafen. (Pongo “pensando” entre comillas porque si te demoras dos segundos en pensar no te metes a participar en estos fraudes).

En la biblia dice que aquél que da se le devolverá “ciento por uno” (Génesis 26:12; Proverbios 19:17; Marcos 10:28-30), principio religioso universal de reciprocidad que se basa no en la recompensa, sino en la intención de ayudar. La idea es “si por ayudar te quedas sin nada ahora, no te preocupes, porque el Señor te lo devolverá con creces cuando más lo necesites”. No insta a ayudar por la recompensa, promueve la solidaridad sin desesperar por la pregunta -muy práctica y lógica, por lo demás- “y si le doy lo que tengo, qué van a comer mis hijos mañana?”. 


Lamentablemente, si la comprensión de lectura no es nuestro fuerte, la lógica lo es mucho menos.

 Y aquí les dejo un grafiquito de cómo funciona una pirámide y cómo así es que colapsa. Es increíble que después de tantas pirámides (CLAE, Tagal, LIVE y etc etc, sigamos cayendo).

Ponzi

La voy a buscar en castellano, pero me parece que se entiende bien.

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ESTE ES FUJIMORI

SU NOMBRE ES FUJIMORI (2016).

¡ESTRENO MUNDIAL!

Keiko Alberto fujimori

“Sin dignidad, la identidad es eliminada. En su ausencia los hombres no se definen a sí mismos sino a través de sus captores y de las circunstancias en las que son forzados a vivir”,  Laura Hillenbrand, Unbroken: A World War II Story of Survival

¿Cómo se le llama al régimen que desaparece personas, que cierra medios de comunicación, que tiene como asesores principales a aliados del narcotráfico, que esteriliza mujeres sin consultarles, que mata periodistas, que te persigue con la SUNAT, que te llena denigra con titulares chicha, que corrompe a políticos de la oposición y los compra para sus fines, que te llena con discursos de miedo día y noche, que ha entrado al gobierno para robar, para saquear, para cargarse al país en peso, fugar a Japón y renunciar desde allá?

A ese régimen se le llama fujimorismo. Es hora de recordar lo que fue esa dictadura que ya lleva un cuarto de siglo lavándose la cara. Es hora de recordar que Keiko Fujimori no estuvo al margen de la dictadura sino participó en ella sino que se alimentó de ella.

Porque Keiko Fujimori es la versión más ambiciosa y perversa de su padre. Nos toca preguntarnos si estaremos a la altura para no ser nosotros la versión triste y sumisa del Perú de inicios de los noventa.

¡A difundir!

—> Acá en Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=LP9BOY0wYqA

—> Acá en Vimeo: https://vimeo.com/168694171
(Quien quiera descargarla, está activada la opción.)

 

 

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Marcial Rubio y la Ley Universitaria

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En la foto de izquierda a derecha: Marcial Rubio (PUCP), José Antonio Chang (USMP), Pedro Cotillo (UNMSM), José María Viaña (ex-UNFV) y Orlando Velásques (UNT) en la Asociación de Universidades el Perú.

CÓMO ASÍ EL RECTOR DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA HACE EQUIPO CON LOS RECTORES QUE SE OPONEN A LA LEY UNIVERSITARIA

Marcial Rubio es el rector de la Pontificia Universidad Católica del Perú, una de las pocas universidades que mantuvo la ecuanimidad durante el feo debate sobre la idoneidad de la Ley Universitaria.

Esta norma -aprobada con las justas y con la oposición férrea de los dueños de universidades negocio que a la vez son congresistas, aún- busca, a través de la Superintendencia de Educación Superior (Sunedu), poner orden y garantizar la calidad de la educación que reciben los alumnos en las universidades frenando la estafa de la que miles de peruanos de buena fe son víctimas. Eso de pagar por un título que no sirve para nada se estaba haciendo dolorosamente cotidiano para decenas de miles de jóvenes y sus familias. (Si quieres ver cómo funciona su negocio y por qué son tan nocivas, mira aquí).

Bueno, la cosa va más o menos así. La Ley Universitaria desparecía la Asamblea Nacional de Rectores (ANR), el órgano jurisdiccional de mayor rango en el ámbito universitario (por norma constitucional, las universidades son autónomas) y lo reemplazaba por la Sunedu. La ANR se había convertido en un club de amigos que se guardaban las espaldas entre ellos como si fueran cómplices o de gente que, prefiriendo no tener nada que ver con los peores entre ellos, se ponía de costado o jugaba al indiferente.

En la resistencia a la ley estaban los dueños de las universidades, los rectores que se debieron ir y los que vivían cómodamente del status quo (recordemos que hay muchísimos millones de soles en juego) y se replegaron en la Asociación de Universidades del Perú (ASUP). Esta asociación pertenece a la Unión de Universidades de América Latina y el Caribe (UDUAL) de la cual Marcial Rubio, rector de la PUCP, es vicepresidente de la región andina.

Pues bien, UDUAL emitió un pronunciamiento (léelo aquí) en el que decía, groso modo, que la Ley Universitaria era una herramienta del gobierno para asediar (sí, de verdad, decía “asedio”) y obstruir el ejercicio de las funciones de las autoridades elegidas por las propias universidades. El pronunciamiento también demandaba el “cese de la intimidación de las universidades públicas, largamente postergadas en sus financiamientos”. De hecho, salvo por lo último (porque San Marcos es estatal y tiene más ingresos de los que puede gastar y su rector, Pedro Cotillo, también… tenía), parece que el comunicado lo hubieran escrito los rectores que debieron dejar sus funciones por mandato de la nueva ley.

El asunto con Marcial Rubio llama especialmente la atención porque la PUCP viene trabajando con distintas organizaciones del Estado en el marco de la nueva Ley Universitaria. Parece un contra sentido que, en realidad, nadie entiende. Y es tanto así que la Federación de Estudiantes de la PUCP (FEPUC), emitió un comunicado (léelo aquí) exgiéndole al rector Rubio que se deje de vainas y diga de una vez si está o no a favor de la Ley Universitaria. La FEPUC ha dejado en claro que, al menos en lo que respecta al comunicado de UDUAL sobre la ley universitaria peruana, Rubio no representa a la universidad. Feo exponerse así.

Pedro Cotillo entregando Doctorado Honoris Causa a Marcial Rubio.

Pedro Cotillo entregando Doctorado Honoris Causa a Marcial Rubio.

Pero, ¿por qué se manda alguien con tantos enemigos por todos lados como Marcial Rubio a respaldar un comunicado como ese? ¿Por qué no se inhibió y dejó constar en actas que él no respalda ese comunicado?

Ahora, algunos abogados piensan que la Ley Universitaria de hecho afecta la autonomía de las universidades y que, por ello, es inconstitucional. Esta, al parecer, sería la opinión personal de Marcial Rubio. Sin embargo, muchos otros abogados piensan que la ley sí respeta la autonomía universitaria y que en ese sentido está en total sintonía con la Constitución. Cierto, en una sala con 10 abogados uno puede encontrar 20 posiciones. Sin embargo, en noviembre del 2015, el Tribunal Constitucional fue categórico al afirmar que la ley no tiene ningún indicio de inconstitucionalidad.

La PUCP enfrenta sus propios problemas con el Vaticano y se dice que Pedro Cotillo ha respaldado a Rubio de varias maneras. Por lo tanto, la posición de “quien calla, otorga” que ha asumido el rector de la PUCP hasta el momento sería, en el mejor de los casos, un gesto de reciprocidad agradecida.

Todo bien con ser agradecido, pero se puede serlo sin ir en contra a una ley que ha hecho tantos enemigos como hienas usufructuaban de la ley del fujimorato que así como permitía que cualquiera con una patineta más o menos grande hiciera taxi, permitía poner una universidad negocio que emitiera Títulos a Nombre de la Nación en cualquier garaje sin baño.

(Ok, lo de la patineta es una exageración, pero lo del garaje sin baño es tal cual y si no me creen pregúntenle al Congresista Daniel Mora).

Hay que ser más coherente: según IPSOS más del 80% de la población está a favor de la Ley Universitaria y de que el Estado garantice la calidad de la educación a través de la existencia de SUNEDU.

Ya pues, Marcial, ¿de qué lado estás?

Marcial Rubio. Rector PUCP

Marcial Rubio. Rector PUCP

 

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Macho, macho man (apología al feminismo)

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Tenemos día del Trabajo para celebrar las 8 horas que ningún empleador respeta y a ningún empleado se le ocurre reclamar. Tenemos el día de la Independencia para celebrar una soberanía que jamás hemos ejercido y con la que ya ni nos atrevemos a soñar. Tenemos un día de la mujer porque los otros 364 días del año les toca estar en el trasfondo, aguantar y callar. Como decía mi amigo Rodolfo, “cuando un hombre es oprimido es injusticia, cuando una mujer es oprimida es tradición”.

Lo cotidiano no se celebra. Por eso existen las celebraciones culposas. Nada más.

A propósito de este día, les quiero contar una historia real.

Nancy tiene 74 años y mide poco menos de 1.60mts. Empezó a trabajar a los 18 años para pagarse la universidad y no lo dejó de hacer sino hasta un día antes de dar a luz y solo se detuvo por 30 días tras parir a cada uno de sus dos hijos. Antes de cumplir los 34 echó a su marido de la casa porque no lo aguantó más. Sus hijos acababan de cumplir uno y tres años.

Nunca fue de aguantar injusticias, ni sobre los demás ni sobre ella. Creía firmemente que el trabajo es recompensado y que la justicia tarda pero llega. Si hubiera que escoger una idea sobre la cual escogió basar su vida quizás sea esa.

Durante años -y todos los días- limpió la casa de arriba a abajo antes de salir a trabajar, llevó y recogió a los chicos del nido y luego del colegio, les dio de almorzar, regresó al trabajo, los baño al final de la tarde, les revisó las tareas antes de dormir, les dio de comer otra vez, los paseó, les lavó la ropa y la planchó en la noche antes de desplomarse sobre su cama con un libro.

Hacia mediados de los 70 y principios de los 80 el mundo laboral no era muy amigable con las mujeres. O lo era muchísimo menos que hoy. Las mujeres en general no eran bien recibidas ni toleradas en las estructuras de poder; mucho menos si además tenían carácter fuerte, autonomía de pensamiento y -esto empeoraba mucho el asunto- voces discordantes. Así que Nancy se la pasó durante años castigada por desacato y peleada con sus superiores y a pesar de eso -o gracias a ello, es tan extraño el mundo, sus causas y sus efectos- siempre estuvo en una posición de liderazgo. Aunque tuviera que escaparse a medio día para recoger a sus hijos del colegio, aunque tuviera que llevarlos a la oficina porque no tenía con quién dejarlos; aunque su colega intentara justificar su mediocre rendimiento ante el jefe con un “los hijos de la doctora me distraen”.

Cuando salía de vacaciones metía a sus dos hijos al auto y se iba manejando su Volkswagen escarabajo modelo 1975 hasta Tumbes, Piura, Trujillo, Huaraz o hasta donde llegara. Cuando su hijo mayor cumplió 10 años, cargó el auto con todo lo que pudo y manejó hasta Arequipa para que su segundo hijo pudiera seguir estudiando el mismo idioma en el colegio. Cuando regresó a Lima, seis meses después, le dieron el cargo más alto al que podía aspirar un abogado en la organización para la que trabajaba -con casi un millar de colegas a su cargo- y un asiento en el directorio.

Pero Nancy no estaba hecha para la política. Eso de no decir lo que uno piensa porque le puede caer mal al jefe le pareció siempre una estupidez: uno dice lo que hay que decir, no lo que alguien más quiere escuchar. Así que luego de negarse a firmar la autorización legal de algunas compras y decirle al presidente del directorio, delante de la junta en pleno, que si le parecía que era correcto y adecuado, lo firmara él, renunció. En represalia le retuvieron la pensión por año y medio. El trámite solía tomar, como mucho, 40 días.

Nancy es mi mamá. Y también fue mi papá, si acaso cabe el término porque no sé si es necesario tener uno. Yo lo tuve, pero era más un amigo que nos visitaba los fines de semana para ir al cine o, más tarde, un roommate que nos pagaba el colegio y la universidad y los pasajes. Meterse la mano al bolsillo no es lo mismo que hacerse cargo. Tampoco lo segundo implica lo primero. Me demoré en entender eso.

Como es esperable y lógico, mi referencia de lo femenino es mi madre. No es concebible la idea de que ser hombre sea o pueda ser mejor que ser mujer cuando uno ha crecido y vivido con un ejemplo así de fuerte, tan de cerca, tanto tiempo. Mamá jamás se volvió a casar e ignoro, hasta el día de hoy, cuando ya tiene 74 años, si en algún momento de todos esos años mantuvo alguna relación sentimental con alguien. Por eso, tampoco se me ha pasado jamás por la cabeza que una mujer necesite un hombre ni siquiera para cambiar la llanta de un auto cargado hasta el peligro en una carretera helada a más de 2 mil metros de altitud.

El maniqueísmo es algo espantoso. “No hagas esto porque habrá quien lo lleve al extremo”, “no digas tal otra cosa porque hay quien lo interpretará al pie de la letra”. Yo digo que un mensaje no me parece machista y de pronto el machista soy yo porque “no puedo ver” aunque me digan “pero es taaaaan obvio”. Y también soy responsable de que, a raíz de mi comentario, algún idiota se sienta con la libertad de soltar una observación o afirmación sexista. No me puedo “lavar las manos” de eso.

Ojo: yo soy responsable de lo que digo, no de lo que un baboso interpreta porque, en el extremo, los caricaturistas de Charlie Hebdo que fueron asesinados por extremistas islámicos tampoco se pudieron lavar las manos y terminaron muertos.

Sí se entiende, ¿no? Uno me puede decir “me parece que hay un micromachismo en lo que dices” y podré refutarlo desde mi propia perspectiva y explicar que en mi cabeza eso de las diferencias por razones de género no existe; que sí, las reconozco cuando las veo, pero no son un elemento que esté incorporado en mis juicios. Y uno podrá creer que es un floro barato y ahí queda, no es responsable de que por haber dicho que mi argumento es “micromachismo” salga alguno con la sesera descosida y me llame “misógino hijo de puta cómo no se cachan a tu madre en la calle”. Perdonen la violencia pero es lo que llega al inbox de vez en cuando.

Yo no miro a las mujeres y no pienso por defecto: “son feas, locas, maniáticas, engreídas, superfluas y débiles”. Tampoco pienso, “son lindas, inteligentes, sosegadas, justas, ricas, fuertes, hábiles, independientes, luchadoras y sacrificadas”. Nada de eso. Y me pasa exactamente igual con los hombres porque yo no asumo que la gente sea tal o cual cosa en función de que se trate de hombres o mujeres. O de cómo se ve o se vista. Simplemente no lo hago, no está en mí.

No es que ignore que la cancha esté inclinada, lo está, hay que ser muy estrecho o muy idiota o muy machista (¿ven? Ahí sí aplica) para no verlo. Pero el hecho de que yo me pueda dar cuenta de que lo que dice el cartelito de Julio Guzmán no aplica como machismo y que me digan “machista” o “micro machista” por eso, es muy elocuente de determinadas sensibilidades y ardores de los que yo no soy ni me pienso responsable.

A mí me jode la injusticia y, en ese sentido, me manifiesto siempre a favor de la igualdad de oportunidades y derechos entre hombres y mujeres, siempre. Las cuotas de género me parecen una soberana cojudez pero entiendo que su efecto no es inmediato y que son necesarias para que, con el tiempo, se produzca un cambio no solo de la situación que se pretende corregir, sino de las estructuras mentales, sociales, políticas, que generan esa determinada situación.

Pero así como me jode que etiqueten a las personas (yo mismo soy blanco de etiquetas de todos los colores y calibres, tooodo el tiempo), me jode que las etiqueten a todas por igual y, encima, por un asunto de perspectiva y también del mindset de quien en todo ve eso que lo trae de los pelos.

Cuando era agente de bolsa, por ejemplo, en todo veía plata o la oportunidad de hacer plata. Mi tía decía “quiero comprar un terreno” y yo le decía que yo se lo vendía. Mi mamá decía que quería un jardín más grande y yo le decía que podía convencer a la vecina de venderle 500mts más de terreno.

Ahora soy periodista y mi deformación profesional me lleva a mirar todo y a todos como fuentes de información. ¿Saben cuál es la diferencia entre cuando era corredor de bolsa y hoy? Que ahora soy consciente de esa deformación. Antes pensaba que todo el mundo andaba vendiendo o comprando cosas todo el tiempo, hoy sé que a veces las personas dicen cosas que no esperan ni quieren ver en el noticiero de la noche. Ahora, ¿es el resto del género humano responsable o debe modificar su comportamiento para que a mí no se me pase la olla? No, para nada. ¿Me voy a ofender si alguien se burla de mí o de mi hambre de información en todo y todos, todo el tiempo? No. El sesgo cognitivo es una joda. Y todos somos humanos.

La corrección política me tiene hinchado, me parece castrante y ridícula. Pero hoy tengo una hija y ya no sé muy bien cómo encaja todo esto en mi forma de ver la vida. Mi hijo, de 21, es completamente ciego al género, al color y a la religión. ¿Crecerá su hermana en un lugar mejor que el que le tocó a su abuela o a su madre?

No creo en dios, pero ojalá.

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Papa Noel debe morir (mea culpa en dos tiempos)

 

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De un tiempo a esta parte tengo un problema con eso de la ilusión y la imaginación y el entusiasmo y en general con el optimismo. Son como mandarle una carta a Papa Noel: todo bien si eres un chibolo de 4 años, pero si a los 5 sigues creyendo que un panzón vestido de rojo y botas negras para nieve te trae regalos en su trineo jalado por renos en verano, eres un menso. A los 20 ya ni te digo. Y es así precisamente como veo cierto optimismo. Pero ojo (esto es para mis queridos analfabetos funcionales), estoy diciendo que es un problema mío y por lo tanto es mi responsabilidad solucionarlo o dejarme aplastar por él. Decía, insisto, que pienso que el optimismo es como ponerle cenicero a una moto o freír arroz en una sartén con hueco: el optimismo tiene una utilidad muy dudosa.

En un par de artículos de The Economist (Crazy Diamonds del 2013 y Searching for the Invisible Man del 2006) dos estudiosos (Daniel Isemberg y William Baumol, respectivamente) sostenían que para ser un emprendedor o un empresario había que estar medio chalado. Un poco. Era necesario un sesgo optimistoide para poder ignorar buena parte de los riesgos, para poder hacerlos a un lado o ser relativamente inconsciente de todo lo que podía salir mal. ¿Por qué? Porque la capacidad de estar al tanto, de ser perfectamente consciente de algo, puede impedir la acción. Y tiene sentido: si uno está perfectamente al corriente de todos los riesgos involucrados en un emprendimiento en el que invertirá su tiempo, esfuerzo y dinero (todos recursos escasos), entonces lo más probable es que uno nunca haga nada o prefiera que lo haga alguien más. Las personas con los pies muy bien puestos sobre la tierra no son particularmente dadas a hacer negocios más por los riesgos que esto implica que por cualquier otra razón.

career-chimp-2Por supuesto, esto no siempre es así. En muchísimas oportunidades los emprendimientos están basados en innovaciones anteriores, en mercados asentados y en necesidades ya creadas. Es decir, la inmensa mayoría de los que emprenden tienen los riesgos bajo control hasta el mínimo detalle. Incluso, por contactos o prebendas consiguen las licencias, los permisos y  a veces, como las AFP, hasta la clientela cautiva con la complicidad del Estado. Con condiciones como esas, hay que ser muy bestia para no ser un empresario exitoso.

Pero existen unos pocos empresarios que se sacan la madre, hacen su tarea, crean necesidades, abren mercados, innovan y logran sostener sus negocios hasta el éxito. Esos son los menos, claro, pero existen, no son unicornios (de esos hablamos otro día).

Extrapolando, lo mismo pasa en la política. Sin esperanza, sin ilusión, sin fantasía, sin amor, sin ternura y sin entusiasmo -sin locura- es imposible pretender que se produzcan cambios significativos que afecten las superestructuras del Estado o de la sociedad. Imposible. Ni siquiera los cambios más superficiales y cosméticos. Pero yerro en la elección del verbo: no es imposible pretender, es imposible creer. ¿Cómo podría cambiar con entusiasmo algo que ha permanecido igual por cientos de años, incluso después de las guerras de la independencia y del salitre? ¿Cómo podría ser diferente a punta de fantasía un país con gente que todavía sueña con alguna forma de nobleza que la eleve por encima del prójimo? ¿Cómo se construye con ilusión una sociedad sin prójimos, donde todos son contrapartes o potenciales amenazas, donde todos se miran por encima del hombro y han contagiado de esas formas estúpidas hasta a quienes no lo tenían por costumbre ni de clase ni de “raza” ni de credo?

Nadie emprende aquello en lo que no cree. O no debería. Por eso, quien se manda a hacer una carrera política por vocación me inspira un respeto enorme porque, básicamente, pienso hoy que es algo que yo jamás haría. La suciedad está tan extendida, la corrupción tan enquistada en la esencia misma del ejercicio político, que me repele del puro asco. Y pienso que esa sensación está tan generalizada entre los peruanos que muchos han preferido abstenerse de intervenir en política y es por eso que nos quedamos con el ripio que es el que accede a esos puestos en los que debería haber gente proba y con vocación. Porque sí, todavía no hemos inventado una manera de administrar un país sin políticos. (Y solo por si acaso, tal cosa no es deseable con la presente y absurda precariedad de la condición humana).

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Por supuesto, siempre habrá quienes entran en política para llenar el vacío dejado por los asqueados; quienes son movidos por las prebendas, los favores y la ventaja; por la posibilidad de lucrar. Los que buscan entrar a la fiesta cuando ya se armó. Para estos, la política es la alternativa a poner un chifa o un casino: no hay ninguna vocación de servicio al país o a la sociedad; están y se quieren mantener allí solo para servirse a sí mismos. Y a cualquier precio. Así, ¿cómo no van a ser corruptos?

Y en el medio de todo eso están todas estas personas que sueñan con una política diferente, con una transvaloración de todos los valores de manera que el humano vuelva a ser algo que nunca ha sido, un ser muy parecido al buen salvaje de Rousseau: solidario, empático, comprensivo, generoso, sacrificado, elevado, moral, ético, pero sobre todo bueno. Sí, o te da ternura o te da cólera, a mí me da cólera. Algunos lo creímos imposible pero deseable: en el camino al extremo utópico se pasa por el centro y, con un poco de suerte y mucho trabajo, se alcanza el equilibrio. Y entonces, a nuestra manera, apostamos.

veronika-mendozaPero de nuevo: nadie puede ni debe ser lo que no es. Ni debería intentar ser quien no es para satisfacer a alguien más. Nunca. Hartos de los mismos corruptos y deshonestos de siempre, algunos de nosotros convertimos a Verónika Mendoza en nuestra propia alternativa a todo eso: trabajadora, leal, consecuente, inteligente, valiente. Todo eso que los miserables de siempre no son ni finjen ser ni quieren ni podrían ser así se lo propusieran. Y entonces, raudos, desempolvamos nuestras esperanzas, nuestras expectativas y nuestra ilusión sin que ella nos lo pidiera ni nos ofreciera nada de nada. Lo hicimos gratis, de puros entusiastas, emocionados quizás, tontamente, por un desempeño más o menos destacado en uno de los peores Congresos de nuestra historia.

Sospechábamos de las viejas estructuras de la izquierda que le daba apoyo y acogida: de su pretendida horizontalidad inoperante, de su asambleísmo compulsivo e inútil, de su lambisconería merca, de sus microespacios de poder donde el encargado de guardar la llave de la sala de reuniones se cree con capacidad y derecho a decidir quién se reúne, cuándo y para qué. Sabíamos que era carne con hueso, pero no sabíamos cuánto hueso.

CPUFI

Pienso que el descorazonamiento es siempre responsabilidad de quien a la postre termina siendo descorazonado porque, de algún modo, siempre sabe en dónde se mete. Y de nuevo; muchos de nosotros convertimos a Verónika Mendoza en la depositaria de todas nuestras expectativas y esperanzas de una izquierda distinta y renovada sin ninguna prueba ni promesa por parte de ella o de la gente que la acompaña. Más tarde, en la performance de la campaña se nos fue despintando el barquito que nosotros mismos habíamos pintado en nuestras cabezas como se nos dio la gana, llenos de ilusión, pensando en nuestros propios deseos y no en la realidad que estuvo todo el tiempo allí. Esta realidad apolillada, tiesa como una gallina vieja y fría y contundente como el permafrost de la Siberia rusa: nada ha cambiado ni puede cambiar porque no tiene cómo. No hay ni las capacidades, ni la voluntad. Uno de los problemas de la democracia es que es muy difícil reconocer sus límites; nadie sabe en dónde “la voluntad de incluir, de no invisibilizar” se convierte en un pandemonio de mierda.

11906728_911812092234269_6931027155825345659_oEsa es la realidad que ya cayó por su propio peso y que nosotros mismos elegimos no mirar, quizás, un poco para variar y no ser otra vez los que votan siempre blanco o viciado o para que salga el menos malo o para que no salga el peor. En el camino, la frustración de la inconsciencia nos empujó a hacer críticas que fueron subiendo el tono hasta convertirse en burlas y bullying; aprovechando la orfandad creativa y estratégica de la campaña y sus gestores, el candor de sus entusiastas partidarios ilusionados y su clamorosa falta de experiencia y malicia y la clara incapacidad de poner orden desde adentro y desde arriba; todas condiciones indispensables para hacer una campaña política en buena lid en un país tan cínico como el Perú.

Aquí dice que la mujer peruana en la imagen de Veronika es leal y joven. Capaz, comprometida y honesta hubiera quedado mucho mejor.

Aquí dice que la mujer peruana en la imagen de Veronika es leal y joven. Capaz, comprometida y honesta hubiera quedado mucho mejor.

Al menos por mi parte, no me volveré a referir a la estrategia ni a la campaña del Frente Amplio; no tiene sentido. Las críticas constructivas y razonables no son tomadas en cuenta y más bien son rechazadas con una suficiencia que uno podría esperar quizás de Alan García o de Donald Trump. Pero no llegan ni a Rolando Breña.

Estudiaré mi voto con más disciplina. Pienso que es necesario que el FA ponga a algunas buenas personas en el Congreso pero ni un pie en Palacio. En lo que a mí respecta, lamentablemente solo hay un par de candidatos del FA que valen la pena. Ahuyentaron a varios que hubieran podido hacer la diferencia; otra oportunidad perdida. Ojalá al menos esos dos lleguen al Congreso, es importante. Y sobre todo, ojalá que no pierdan la inscripción. Con todas sus taras, son necesarios.

Mil disculpas por el estrés extra, estimada Verónika, igual votaré por ti.

O por Julio Guzmán.

Son mi mal menor.

Esto, sin duda, se le ocurrió al mismo que le puso nombre al C-PUFI.

Esto, sin duda, se le ocurrió al mismo que le puso nombre al C-PUFI.

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