Legión: la corruptela hermafrodita.

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No suelo ir al Congreso. No me gusta. Me recuerda las oficinas de mi padre en el Centro de Lima y la sensación espantosa de moverme por los pasillos del Palacio de Justicia cuando me hacía acompañarlo. Me llamaba muchísimo la atención el contraste que había entre las sonrisas hipócritas, rechonchas y sin vergüenza de los jueces y secretarios y el gesto derrotado de las personas que estaban allí a regañadientes pero resignadas, haciendo colas para que luego de esperar horas a que el secretario regresara de almorzar les dijeran “su expediente aún no regresa de la sala”. Y entonces suspiraban con la misma resignación con la que se mantuvieron en fila, recogían sus documentos y se iban, supongo, por donde vinieron. Porque yo nunca las veía llegar, solo irse cabizbajas y apagadas. Jamás vi un rostro optimista que no fuera el de los jueces o el de los propios secretarios que mi padre iba a visitar.

Será que en el Congreso veo las mismas sonrisas (cachacientas, entre cómplices de todos y de nadie y cómodas, seguras) en la cara de muchos –sino la mayoría de– padres de la patria. Sí, debe ser eso. Y la gente, con problemas de verdad y de los otros, los persigue por los pasillos para pedirles favores y los abrazan y los besan y les hablan como si los conocieran de toda la vida; con un respeto falso, de cartón, que los mismos congresistas eligen creerse. Y se dejan hacer y decir y sobar y luego responden “vente mañana” o “vente la próxima semana, y lo vemos” con la condescendencia y prestancia de algún mafioso italiano hollywoodense de poca monta, con una falsa indiferencia de fondo enorme, disfrutando al hacerlo, sentir que tienen la sartén por el mango, creyéndose capaces de cumplirlo todo o nada a voluntad, que nada está fuera de su alcance.

Es terrible ver cómo funcionan las cosas allí dentro. Nadie hace algo por nada. Todos esperan algún tipo de recompensa, de “colaboración”; no existe lo bueno en sí mismo, eso y cualquier otra cosa, todo está sujeto al cambalache, al intercambio zafio de favores, de votos, al ajuste de cuentas como zancadilla o como trompada en el ojo, porque es imposible sacar adelante proyecto alguno si no se tiene mayoría o no se está de acuerdo con los demás. Si lo que se quiere conseguir es bueno o es malo solo importa para calcular el tamaño de la contraprestación exigida por los otros para darle luz verde porque, si no se “arregla” con los demás, la iniciativa, sea la que sea, no pasará. Todos quieren algo a cambio: apoyo a sus propias iniciativas, apoyo a las iniciativas de su bancada, dinero para sus acciones “benéficas”, contratos ulteriores tras las aprobaciones (“lo aprobamos pero después contratas a mi pariente/amante para la ejecución de las obras”), “¿qué hay para mí en todo esto?”, “¿Cómo me beneficia a mí?”. Eso es todo lo que cuenta.

Quizá lo peor de todo es cómo se arrastra hacia esa misma podredumbre a quien pretende ser parte del legislativo para hacer cosas constructivas. Porque no podrá a menos que juegue el juego, a menos que se comprometa a firmar el proyecto de otro, sea el que sea, a canjear su voto por otro, a mirar para otro lado para no oponerse u observar el proyecto adefesiero o interesado de otro congresista. No importa si lo que este bien intencionado señor o señora busca hacer beneficiará a muchas personas y sea de legítimo interés social, de un pueblo, provincia, región o de la Nación (como podría serlo un proyecto de desarrollo de impacto pluriregional o una iniciativa que lo permita). Y no importa porque alguien, a cambio de su apoyo, querrá algo para él o ella; aunque sea que su nombre aparezca como uno de los diseñadores del proyecto. Todos quieren algo, es un circo de egos, jaladas de alfombra, caballitos, zancadillas, deslealtades, promesas incumplidas, traiciones, banquitos, escaleras, compras y ventas. La lógica del mercado llevada a su máxima expresión: todo tiene un precio, los votos cuestan más dependiendo de quién se trate y de cuántos votos pueda traer con él.

Y así es como el sistema se encarga de perennizarse y de parirse así mismo una y otra vez. Cuando el bien intencionado empeña su palabra por primera vez, vende su voto, rompe la primera mano o canjea su primer principio por un “bien mayor”. Así es, la corrupción se encarga de parirse a sí misma, metiéndolos a todos en el mismo saco. Y lo logra porque, después de haber cruzado la línea una primera vez, todos pierden la vergüenza. Y, quizás peor, hasta la cuenta. Porque los que no transan estorban, así que, o se les convierte y se les hace parte de la pandilla, o se les arrea y separa.

¿Qué hacemos? ¿Empezamos cambiando el sistema de elección de congresistas y luego les tomamos exámenes psicológicos y de aptitudes lingüísticas y lógicas para que Kenyi u Otárola no puedan postular? ¿Qué hacemos?

*Hermofrodita/hermafroditismo: Que posee los dos sexos. Puede asumir la función masculina o femenina según se requiera./Incluso pueden autofecundarse de ser necesario.

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(Publicado originalmente en La Mula en noviembre del 2012)

 

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Acerca de Luis Davelouis

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