Derechos a medias

Patrick Stewart no es gay. O no sabemos. En realidad no importa.  Ian Murray McKellen sí lo es. De Elmo tampoco sabemos.

Patrick Stewart no es gay. O no sabemos. En realidad no importa. Ian Murray McKellen sí lo es. De Elmo tampoco sabemos.

Un derecho que es solo para algunos no es un derecho, sino un privilegio. Y el Proyecto de Ley del congresista Carlos Bruce busca, precisamente, parchar un derecho a medias que (no) tienen las personas del mismo sexo que se juntan y forman un hogar.

Sí, es un derecho a medias: nadie les puede prohibir vivir juntos, nadie les puede prohibir formar un hogar y construir un proyecto y toda una vida juntos. Pero no les está permitido heredarse, ni sucederse ni se les reconoce ningún derecho que tiene cualquiera por la simple casualidad de tener el mismo apellido o haber sido parido por la misma mujer. No, a la familia no se le escoge.

Congresista Carlos Bruce, promotor de la ley. (Desde hace tiempo).

Congresista Carlos Bruce, promotor de la ley. (Desde hace tiempo).

Mi amigo decidió decirle a sus padres y hermanos (y a todo el resto de su familia; muy limeña, muy tradicional, muy católica y acomodada toda ella), que es homosexual. Como sucede casi siempre, algunos le quitaron el habla, otros lo llamaron enfermo y lo dejaron de frecuentar y de invitar a las reuniones familiares (como si la homosexualidad se contagiara), y otros lo aceptaron de la boca para afuera sin dejar de pensar para sí que, en efecto, Pedro (vamos a decirle así porque no tengo su permiso para escribir esto) estaba enfermo, o poseído o loco. Para efectos prácticos (y cualquier otro que tenga que ver con mínima humanidad como apoyo moral, aceptación, consuelo o lo que sea), de un día para otro, mi amigo se quedó sin familia. Y así ha sido por décadas, solo se acuerdan de él cuando necesitan que se haga cargo de algo de lo que nadie más quiere hacerse cargo: cuidar a familiares muy enfermos o desahuciados. Para eso sí se le considera y lo buscan. Para nada más.

La única familia de Pedro es su compañero (como lo llama él) con el que lleva viviendo casi 30 años. “Hemos caminado mucho, -me contaba una vez-, y hemos pasado muchas cosas, buenas y malas, siempre juntos. Él siempre ha estado allí para mí cuando nadie más estuvo, ni siquiera mis hermanos, ni siquiera mis padres”.

La ley no prevé estos casos (como no prevé muchas otras cosas) y dada la situación actual, si Pedro o su pareja muriera, quien sobreviva no tiene legalmente ningún derecho sobre nada de lo que han construido juntos. Para la ley, los hermanos de Pedro (quienes no le hablan desde hace casi 30 años) tienen más derecho sobre los bienes y el patrimonio de Pedro que quien estuvo cuidándolo y a su lado esos mismos 30 años habiendo, además, contribuido a constituir ese patrimonio. Eso no solo es triste, sino terriblemente es injusto, y es lo que trata de enmendar la ley Bruce.

Congresista Carlos Tubino, acérrimo opositor de la ley Bruce.

Congresista Carlos Tubino, acérrimo opositor de la ley Bruce.

Los que viven muy preocupados por la moral y las buenas costumbres deberían calmarse un poco. No hay ningún estudio científico ni objetivo que diga ni que sustente la validez de esos miedos irracionales: los homosexuales no son ni enfermos (sino el Estado tendría que mantenerlos a todos y quien se vuelva marica no trabajaría más), ni están locos, ni son pervertidos por el hecho de ser homosexuales. Al menos, no más que lo que podría serlo cualquier heterosexual. Da lo mismo.

El sistema democrático está construido sobre el respeto que se deben (sí, se DEBEN) los ciudadanos unos a otros, tolerando -cuando no aceptando- sus diferencias y preferencias siempre que no afecten negativamente el tejido social. Dicho en buen cristiano, todo está permitido mientras no joda al resto. Pero como lo que le molesta al resto puede ser muy subjetivo dependiendo desde a qué ser sobrenatural se le rece hasta con qué ropa sale a la calle; la ley se encarga de establecerlo objetivamente. Y no, las creencias -por mayoritarias que sean- no son un criterio objetivo ni atendible de acuerdo a ley.

¿Por qué impedir que los homosexuales puedan adquirir ciertos derechos que los protejan cuando su pareja fallezca? ¿A quién agrede o afecta de manera negativa esto? En el fondo, oponerse es discriminación pura, homofobia. Salvo, claro, que estemos hablando con uno de los hermanos de Pedro que puede estar buscando quedarse, a la mala, con lo que por justicia le correspondería a la pareja de aquel.

Cardenal Juan Luis Cipriani, predecible enemigo del proyecto de Bruce.

Cardenal Juan Luis Cipriani, predecible enemigo del proyecto de Bruce.

Si alguien cree que va contra la moral y las buenas costumbres y contra lo que la religión o lo que sea en lo que le plazca creer determina, pues que no lo haga. La ley no dice que todos los que quieran acceder al derecho de suceder o heredar se tienen que volver homosexuales. En el peor de los casos, de ser cierta la superstición de la que usted adolece y a la que teme, los que se van a ir al infierno son Pedro y su pareja, no el resto de la sociedad que, pienso, todos queremos más justa aquí y ahora y no cuando nos muramos. Debería asustarle más que su próximo presidente sea un probado ladrón o asesino. Pero no, eso no le quita el sueño. “Que los maricones no hereden”, eso le preocupa. O quizá no, quizá se opone porque no entendió de qué se trata.

Pues bien, de eso se trata la ley. Nada más. No permite ni les da derecho a adoptar niños (aunque en la práctica suelan ser excelentes padres y en promedio mejores que algunos heterosexuales), ni que se puedan “casar” afectando la ‘majestad’ de la institución del matrimonio (lo que es de por sí una falacia porque no la inventaron ellos ni tienen el monopolio sobre ella). No es principista estar en contra de eso, es pura mala onda o puro miedo.

“Me dejaron de hablar porque, bueno pues, decidí dejar de vivir la mentira que me querían obligar a vivir y yo en vez de eso escogí ser feliz. Porque en Lima puedes ser todo lo maricón que quieras y tener los vicios y las perversiones más aberrantes que te puedas imaginar y todos pueden saberlo, pero ni se te ocurra hacerlo público”, me contó Pedro un día.

imagen-bUTTERSCierto, tampoco les pueden prohibir caminar por el malecón de la mano (de noche), mirarse, tocarse, hacerse el amor, ir a hacer las compras de la semana a Vivanda (también de noche) quedarse dormidos en los brazos del otro, desayunar, compartir el periódico. Todo está bien’siempre que sea fuera del ojo público: las cochinadas y las perversiones afectan a los pasantes y trauman a los pobres niños. De pronto, ciertas demostraciones de amor y felicidad son inadecuadas si vienen de los actores equivocados. Si le preocupa eso, la ley Bruce no debería porque no va por ahí. Esa ni la vas a ver.

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Acerca de Luis Davelouis

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