Lo que no necesitamos

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Hace un par de semanas, un sondeo web indagaba sobre si sus lectores estarían a favor o en contra de que el empresario y presidente de la Compañía de Minas Buenaventura, Roque Benavides, se lance como candidato a la presidencia de la República. Un 41% estuvo de acuerdo y un 51% no. Independientemente de la validez científica de este sondeo (que no la tiene ni pretende tenerla), es interesante reflexionar sobre algunas de las implicancias de que un empresario con el perfil del Sr. Benavides, se convierta en presidente.

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Para nadie es un secreto que las políticas de este gobierno –principal pero no únicamente–en materia económica y salvo algunos exabruptos contados con los dedos de una mano, están bastante alineados con las que la Confiep y algunos otros gremios empresariales afines a esta consideran necesario, correcto, positivo y beneficioso para los intereses del país; entendido todo esto a partir del teórico círculo virtuoso según el cual a más liberalización de la economía, hay más inversión que a su vez genera más empleo, lo que tiene un impacto directo en la reducción de la pobreza y que a la larga termina generando bienestar que es, se supone, el objetivo primordial. El problema es que, como ya se ha dicho y señalado tantas veces, tras más de 20 años de andar casi inequívocamente en esa dirección, el círculo no se está cerrando como se supone que debería estar haciéndolo ni la promesa de bienestar a la larga se está cumpliendo para cientos de miles de peruanos, principalmente aquellos que no viven en ciudades de la costa.

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La capacidad del Estado (gobierno central y gobiernos subnacionales) de satisfacer las necesidades de las poblaciones que no están “conectadas” de alguna manera al mercado se limita en la gran mayoría de casos a programas de ayuda social que en esencia son muros de contención antes que plataformas de desarrollo que le permitan a esa población integrarse y desarrollarse y sostener esa integración y desarrollo en el tiempo. Lo conseguido en este último sentido, hasta la fecha, es insuficiente y precario pues la mejora en las condiciones de vida de una enorme parte de la población que ya accede a algunos servicios del Estado o que tiene ingresos que la colocan apenas por encima de la línea de pobreza, es muy vulnerable; carece de la robustez que la haga permanente y se puede revertir muy fácilmente.

“Para nadie es un secreto que las políticas de este gobierno en materia económica están bastante alineados con las que la Confiep y algunos otros gremios empresariales afines a esta consideran necesario, correcto, positivo y beneficioso para los intereses del país”

Nada de esto parece estar siendo considerado con la seriedad necesaria dentro del gobierno que, ya sea por incapacidad o falta de voluntad (da lo mismo) mantiene las cosas como han estado desde siempre: el Estado no existe para todos y discrimina cruelmente entre quienes viven cerca y los que viven lejos. El Estado sigue de espaldas al país y a medida que el crecimiento que incluye más a los menos y menos a los más se incrementa, las diferencias se hacen más profundas y las distancias y brechas más y más grandes. Eso hiere cualquier identidad y quebranta cualquier intento de creer en un sistema que ofrece mucho y cumple poco o nada o más al vecino y menos a uno.

Fuente: INEI

Fuente: INEI

Hagamos un ejercicio de sentido común. Esto es lo que sabemos: hace por lo menos 20 años que el país crece más o menos a una tasa de 5% al año en promedio. En ese lapso, hemos excedido las metas del Milenio cuando nadie pensaba que fuera posible en términos de pobreza, desnutrición, alfabetismo y salud. Desde un punto de vista optimista, entonces, lo hemos hecho muy bien y la verdad, así vista, es que sería muy estúpido pensar en cambiar este rumbo por cualquier otro. Cualquiera. El punto de vista positivo dice, entonces, que hay que perseverar en las políticas y lineamientos que nos han traído hasta donde estamos hoy desde donde estábamos hace 20 años.

Pero lo que escogemos no mirar es que en ese mismo lapso, la educación de nuestro país ha devenido en una tan groseramente pobre que ha dejado de ser -en gran medida- útil como instrumento de movilidad social. Hace 25 años los hijos de los campesinos no podían darse el lujo de ir a estudiar porque el costo de oportunidad de ello podría representar un desastre para la vida de esa familia. Hoy, los hijos de los hijos de ese campesino pueden ir al colegio (es más, algunos programas sociales como Juntos condicionan la ayuda a la asistencia de los niños al colegio y a controles médicos) pero eso no les cambia la vida de la manera en la que les ofrecieron que lo haría. Con primaria y secundaria completa, incluso con un diploma universitario, no hay garantía de conseguir un buen empleo y, con él, de acceder a todas esas cosas que nos vende a todo el mundo la televisión, los anuncios en la calle y todos los medios de comunicación. Las personas, en el Perú de los US$70.000 millones de reservas internacionales netas, salen en su mayoría del sistema educativo público -y ahora también y cada vez más del privado- sin entender lo que leen. ¿Cómo se sostiene círculo virtuoso alguno con una base como esa? ¿Cómo es posible seguir creciendo con un talento incapaz de adquirir conocimiento y/o habilidades al ritmo que el mundo actual demanda? La verdad cruda es que no se puede y no se va a poder.

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El problema ha cambiado: antes no se podía acceder y ni modo, terrible como era, determinista como era, las personas nos podemos hacer a ciertas ideas y podemos vivir casi bajo cualquier circunstancia. Pero de un tiempo a esta parte, la promesa es la siguiente: haz así, trabaja así, estudia así, aguanta que ya chorrea y todos vamos a ser felices. No voy a extenderme en las implicaciones filosóficas de colocar la felicidad o las esperanzas personales en la obtención y acumulación de bienes -en la capacidad de consumir y a más capacidad, mejor- pero de hecho, todo eso ha cambiado las reglas de juego. Con las expectativas puestas en poder consumir antes que en la realización de objetivos personales más sublimes, menos toscos y por lo tanto ‘más permanentes’, subordinando el ser al tener, le hemos dado un lugar tan alto a las apariencias que hemos terminado haciéndole un muy flaco favor a todas esas cosas buenas que hemos conseguido y que, de pronto, ya no solo no se ven tan importantes, sino hasta estúpidas de puro irrelevantes, cosas de ‘gente pobre’.

“Pero lo que escogemos no mirar es que en ese mismo lapso,la educación de nuestro país ha devenido en una tan groseramente pobre que ha dejado de ser -en gran medida- útil como instrumento de movilidad social.”

Eso genera descontento, porque las personas se sienten estafadas por el sistema que premia a los que están y siempre estuvieron en ventaja frente a los que todavía tienen que juntar firmas para que su gobierno regional les construya un puente y no deban cruzar el río subiendo sus taxis a una lancha para llevar turistas a un hotel de cinco estrellas enclavado a la orilla de una hermosa y recién privatizada laguna a los que no pueden ni siquiera acercarse. Esta situación, la de la gente de las ciudades (incluidos congresistas de la República) comprando grandes extensiones de tierra y bosque en las provincias menos ‘incluidas’ se repite en muchas regiones de nuestro país y de pronto, eso que era de todos, ahora es de uno que nunca ha estado ahí y quienes viven allí, ya no pueden entrar. Y esos son los que tienen la suerte de no morirse de frío con las heladas en la sierra peruana en pleno siglo XXI en un país que sigue creciendo 5% al año todos los años. Este es un ejemplo real entre cientos -quizá miles- de casos en los que el sistema ha funcionado muy bien para algunos y muy poco para la mayoría. Entiéndase que no morir de hambre es bueno, pero esa no es ni debe ser la meta de un país que pretenda desarrollarse y sostener ese desarrollo después de que se le acaben los cerros que exporta en barco.

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Insistir en un modelo como el actual no garantiza una mejor redistribución de los beneficios del crecimiento económico. El sector privado y sus inversionistas presionan al gobierno para que destrabe y aligere los procesos para poder inverir más y más rápido (y eso está muy bien, pues aún hoy es un vía crucis y lidiar con la burocracia gubernamental puede ser una experiencia infernal), pero no hay la misma premura por sacar adelante reformas que mejoren la calidad de vida de grandes porciones de la población que vive en los alrededores o cerca de donde se quieren realizar esas inversiones. Luego se producen absurdos como el mencionado líneas arriba en la región San Martín, en la provincia de El Sauce, donde el 90% del bosque, lagunas incluidas, ha sido privatizado y los pueblos y sus habitantes languidecen a la vera de los hoteles de lujo.

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Las protestas sociales empiezan a hacerse más y más seguidas. Según la Defensoría del Pueblo, persisten más de 200 conflictos socio ambientales en todo el país y hay varios megaproyectos mineros parados porque no cuentan con licencia social. No se sabe a ciencia cierta cuántos proyectos de inversión no avanzan porque no son aceptados por la población. Mientras, en el VRAE, la guerra cada vez menos silenciosa contra el narcoterrorismo continúa y el Estado es tan débil que no puede lidiar con un montón de mineros ilegales que destruyen indiscriminada e impune e irreversiblemente bosques y vidas en Madre de Dios. En Pasco, uno de los lugares más contaminados del planeta, la empresa sigue envenenando el aire y la gente defendiéndola porque es su única fuente de sustento ante el pasmo vergonzoso del Estado que tampoco puede hacer frente a la creciente delincuencia común y a la sensación generalizada de inseguridad en todo el país. Lo que vimos en La Parada el año pasado debería habernos dejado algo para reflexionar al respecto.

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La Parada, hace un año.

Esta no es la foto que uno esperaría ver de un país pujante de cifras macroeconómicas brillantes que crece hace 25 años. Pero no lo estamos mirando.Ni siquiera porque fueron tomadas a menos de 10 cuadras de Palacio de Gobierno ni porque tuvieron, toda una tarde, acorralada a la propia policía. Y eso no sucedió en un caserío olvidado ubicado en una provincia desconocida en una región en la que “no vive nadie”. Pasó aquí, en Lima. Quizás si hubiera sido en San Isidro o Miraflores despertaríamos.

Volviendo (fue largo, lo sé) con Roque Benavides, una persona con su especial manera de percibir la política y la realidad y sus maneras tan poco dadas al diálogo, la negociación y la confluencia de voluntades, podrían ser la chispa que termine de encender la paja seca en la que se está convirtiendo el tejido social del Perú. Si hemos de guiarnos por lo que le hemos visto hacer y decir (no hay otra manera) Benavides profundizaría y llevaría más allá lo que se ha hecho hasta ahora en materia económica pero sin salirse del guión actual que está dejando afuera a una crecientemente descontenta mayoría. Y lo más grave es que probablemente ni caso les haría y no sé si las cosas den como para que el Estado le dé más la espalda al resto del país. Eso, sin contar con los intereses privados que Benavides representa y el respeto poco claro que parece tenerle a las instituciones.

El fin de semana pasado, conversando con mi hijo (19 años, colegio privado europeo, toda su vida en Miraflores), me di cuenta (parece una obviedad pero no lo es) de que él jamás vivió hiperinflación, ni golpes de estado ni muertos y bombas en la tele todos los días ni jamás se fue la luz en su casa; de que apenas ha estado en provincias (mea culpa) y de que vive de espaldas a la realidad del resto del país que poco o nada tiene que ver con la que le tocó a él en suerte (sí, suerte porque no hizo nada para merecerlo, nació no más). Como él, la mayoría de sus amigos, es imposible o muy poco probable que sepan qué o quiénes son Sendero Luminoso o qué clase de desigualdades, resentimientos, pobrezas, miedos y miserias dieron a luz y resultaron de todo esto. La imagen de ejecutivo y empresario exitoso de Benavides puede ser muy atractiva precisamente porque se espera que se haga cargo y que tenga éxito allí donde nadie más lo ha tenido.

Lejos estamos de entender, lamentablemente, que el Perú no es un cuartel ni una chacra, que no se puede gestionar vertical ni marcialmente y que la brusquedad en un sentido siempre genera su contrario equvalente. No necesitamos más de lo mismo porque ya vimos, tras 25 años, que no ha funcionado como se dijo que funcionaría. Roque Benavides es más de lo mismo con una dosis extra de esteroides. Ya es hora de ajustar la dirección del barco y tomar una ruta más amigable para todos los pasajeros que, además, también venimos remando.

El otro día, almorzando, mi hijo me preguntó. “Oye, papá, y si Roque Benavides se vuelve presidente, ¿Conga va?”

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2 respuestas a Lo que no necesitamos

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