Macho, macho man (apología al feminismo)

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Tenemos día del Trabajo para celebrar las 8 horas que ningún empleador respeta y a ningún empleado se le ocurre reclamar. Tenemos el día de la Independencia para celebrar una soberanía que jamás hemos ejercido y con la que ya ni nos atrevemos a soñar. Tenemos un día de la mujer porque los otros 364 días del año les toca estar en el trasfondo, aguantar y callar. Como decía mi amigo Rodolfo, “cuando un hombre es oprimido es injusticia, cuando una mujer es oprimida es tradición”.

Lo cotidiano no se celebra. Por eso existen las celebraciones culposas. Nada más.

A propósito de este día, les quiero contar una historia real.

Nancy tiene 74 años y mide poco menos de 1.60mts. Empezó a trabajar a los 18 años para pagarse la universidad y no lo dejó de hacer sino hasta un día antes de dar a luz y solo se detuvo por 30 días tras parir a cada uno de sus dos hijos. Antes de cumplir los 34 echó a su marido de la casa porque no lo aguantó más. Sus hijos acababan de cumplir uno y tres años.

Nunca fue de aguantar injusticias, ni sobre los demás ni sobre ella. Creía firmemente que el trabajo es recompensado y que la justicia tarda pero llega. Si hubiera que escoger una idea sobre la cual escogió basar su vida quizás sea esa.

Durante años -y todos los días- limpió la casa de arriba a abajo antes de salir a trabajar, llevó y recogió a los chicos del nido y luego del colegio, les dio de almorzar, regresó al trabajo, los baño al final de la tarde, les revisó las tareas antes de dormir, les dio de comer otra vez, los paseó, les lavó la ropa y la planchó en la noche antes de desplomarse sobre su cama con un libro.

Hacia mediados de los 70 y principios de los 80 el mundo laboral no era muy amigable con las mujeres. O lo era muchísimo menos que hoy. Las mujeres en general no eran bien recibidas ni toleradas en las estructuras de poder; mucho menos si además tenían carácter fuerte, autonomía de pensamiento y -esto empeoraba mucho el asunto- voces discordantes. Así que Nancy se la pasó durante años castigada por desacato y peleada con sus superiores y a pesar de eso -o gracias a ello, es tan extraño el mundo, sus causas y sus efectos- siempre estuvo en una posición de liderazgo. Aunque tuviera que escaparse a medio día para recoger a sus hijos del colegio, aunque tuviera que llevarlos a la oficina porque no tenía con quién dejarlos; aunque su colega intentara justificar su mediocre rendimiento ante el jefe con un “los hijos de la doctora me distraen”.

Cuando salía de vacaciones metía a sus dos hijos al auto y se iba manejando su Volkswagen escarabajo modelo 1975 hasta Tumbes, Piura, Trujillo, Huaraz o hasta donde llegara. Cuando su hijo mayor cumplió 10 años, cargó el auto con todo lo que pudo y manejó hasta Arequipa para que su segundo hijo pudiera seguir estudiando el mismo idioma en el colegio. Cuando regresó a Lima, seis meses después, le dieron el cargo más alto al que podía aspirar un abogado en la organización para la que trabajaba -con casi un millar de colegas a su cargo- y un asiento en el directorio.

Pero Nancy no estaba hecha para la política. Eso de no decir lo que uno piensa porque le puede caer mal al jefe le pareció siempre una estupidez: uno dice lo que hay que decir, no lo que alguien más quiere escuchar. Así que luego de negarse a firmar la autorización legal de algunas compras y decirle al presidente del directorio, delante de la junta en pleno, que si le parecía que era correcto y adecuado, lo firmara él, renunció. En represalia le retuvieron la pensión por año y medio. El trámite solía tomar, como mucho, 40 días.

Nancy es mi mamá. Y también fue mi papá, si acaso cabe el término porque no sé si es necesario tener uno. Yo lo tuve, pero era más un amigo que nos visitaba los fines de semana para ir al cine o, más tarde, un roommate que nos pagaba el colegio y la universidad y los pasajes. Meterse la mano al bolsillo no es lo mismo que hacerse cargo. Tampoco lo segundo implica lo primero. Me demoré en entender eso.

Como es esperable y lógico, mi referencia de lo femenino es mi madre. No es concebible la idea de que ser hombre sea o pueda ser mejor que ser mujer cuando uno ha crecido y vivido con un ejemplo así de fuerte, tan de cerca, tanto tiempo. Mamá jamás se volvió a casar e ignoro, hasta el día de hoy, cuando ya tiene 74 años, si en algún momento de todos esos años mantuvo alguna relación sentimental con alguien. Por eso, tampoco se me ha pasado jamás por la cabeza que una mujer necesite un hombre ni siquiera para cambiar la llanta de un auto cargado hasta el peligro en una carretera helada a más de 2 mil metros de altitud.

El maniqueísmo es algo espantoso. “No hagas esto porque habrá quien lo lleve al extremo”, “no digas tal otra cosa porque hay quien lo interpretará al pie de la letra”. Yo digo que un mensaje no me parece machista y de pronto el machista soy yo porque “no puedo ver” aunque me digan “pero es taaaaan obvio”. Y también soy responsable de que, a raíz de mi comentario, algún idiota se sienta con la libertad de soltar una observación o afirmación sexista. No me puedo “lavar las manos” de eso.

Ojo: yo soy responsable de lo que digo, no de lo que un baboso interpreta porque, en el extremo, los caricaturistas de Charlie Hebdo que fueron asesinados por extremistas islámicos tampoco se pudieron lavar las manos y terminaron muertos.

Sí se entiende, ¿no? Uno me puede decir “me parece que hay un micromachismo en lo que dices” y podré refutarlo desde mi propia perspectiva y explicar que en mi cabeza eso de las diferencias por razones de género no existe; que sí, las reconozco cuando las veo, pero no son un elemento que esté incorporado en mis juicios. Y uno podrá creer que es un floro barato y ahí queda, no es responsable de que por haber dicho que mi argumento es “micromachismo” salga alguno con la sesera descosida y me llame “misógino hijo de puta cómo no se cachan a tu madre en la calle”. Perdonen la violencia pero es lo que llega al inbox de vez en cuando.

Yo no miro a las mujeres y no pienso por defecto: “son feas, locas, maniáticas, engreídas, superfluas y débiles”. Tampoco pienso, “son lindas, inteligentes, sosegadas, justas, ricas, fuertes, hábiles, independientes, luchadoras y sacrificadas”. Nada de eso. Y me pasa exactamente igual con los hombres porque yo no asumo que la gente sea tal o cual cosa en función de que se trate de hombres o mujeres. O de cómo se ve o se vista. Simplemente no lo hago, no está en mí.

No es que ignore que la cancha esté inclinada, lo está, hay que ser muy estrecho o muy idiota o muy machista (¿ven? Ahí sí aplica) para no verlo. Pero el hecho de que yo me pueda dar cuenta de que lo que dice el cartelito de Julio Guzmán no aplica como machismo y que me digan “machista” o “micro machista” por eso, es muy elocuente de determinadas sensibilidades y ardores de los que yo no soy ni me pienso responsable.

A mí me jode la injusticia y, en ese sentido, me manifiesto siempre a favor de la igualdad de oportunidades y derechos entre hombres y mujeres, siempre. Las cuotas de género me parecen una soberana cojudez pero entiendo que su efecto no es inmediato y que son necesarias para que, con el tiempo, se produzca un cambio no solo de la situación que se pretende corregir, sino de las estructuras mentales, sociales, políticas, que generan esa determinada situación.

Pero así como me jode que etiqueten a las personas (yo mismo soy blanco de etiquetas de todos los colores y calibres, tooodo el tiempo), me jode que las etiqueten a todas por igual y, encima, por un asunto de perspectiva y también del mindset de quien en todo ve eso que lo trae de los pelos.

Cuando era agente de bolsa, por ejemplo, en todo veía plata o la oportunidad de hacer plata. Mi tía decía “quiero comprar un terreno” y yo le decía que yo se lo vendía. Mi mamá decía que quería un jardín más grande y yo le decía que podía convencer a la vecina de venderle 500mts más de terreno.

Ahora soy periodista y mi deformación profesional me lleva a mirar todo y a todos como fuentes de información. ¿Saben cuál es la diferencia entre cuando era corredor de bolsa y hoy? Que ahora soy consciente de esa deformación. Antes pensaba que todo el mundo andaba vendiendo o comprando cosas todo el tiempo, hoy sé que a veces las personas dicen cosas que no esperan ni quieren ver en el noticiero de la noche. Ahora, ¿es el resto del género humano responsable o debe modificar su comportamiento para que a mí no se me pase la olla? No, para nada. ¿Me voy a ofender si alguien se burla de mí o de mi hambre de información en todo y todos, todo el tiempo? No. El sesgo cognitivo es una joda. Y todos somos humanos.

La corrección política me tiene hinchado, me parece castrante y ridícula. Pero hoy tengo una hija y ya no sé muy bien cómo encaja todo esto en mi forma de ver la vida. Mi hijo, de 21, es completamente ciego al género, al color y a la religión. ¿Crecerá su hermana en un lugar mejor que el que le tocó a su abuela o a su madre?

No creo en dios, pero ojalá.

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Acerca de Luis Davelouis

Pregunta. La primera vez es gratis.
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