#NiUnaMenos

​Denle una vuelta a la página de la marcha. Es indispensable para entender el tamaño del problema. Y de primera mano. Esto es el post que puse allí. #NiUnaMenos
Hola. He leído -pienso- todos los testimonios que han posteado. Estoy admirado de la fortaleza que he leído en sus palabras y sus historias. Pienso que yo no podría volver a salir a la calle ni mirar a la cara a nadie nunca más. Pienso que es probable que haya terminado matándome si me hubiera pasado el 5% de las cosas que he leído que le ha pasado a algunas de las mujeres que con tanto valor y desprendimiento han compartido el daño, la miseria y la injusticia terribles de las que han sido víctimas inocentes. Creo que no podría. Yo no podría. Porque estoy aterrado.

Hasta ahora, jamás había sido capaz de entender algunas posturas feministas. Sigo sin entender algunas, pero ahora comprendo muchas cosas. Quizás el sentido de la empatía me funciona mejor que las neuronas o simplemente no tenía la perspectiva adecuada. O era, es lo más probable, que todas mis premisas eran falsas o estaban equivocadas. A veces los puntos de partida deciden los puntos de llegada.

Pero puede ser, también, la navaja de Ockam: que toda mi vida haya sido un patán. Porque sucede que no me puedo reconocer no entendiendo ni solidarizándome ni aún siquiera intentando comprender lo que significa o significó pasar por algunas de las cosas que cuentan algunas de ustedes aquí. Y peor: ni siquiera habiéndolo tenido al frente mirándome y hablándome. No me puedo reconocer en un tipo al que le cuentan alguna de estas cosas y que no se le escarapela el cuerpo ni se le caen las lágrimas ni le dan ganas de vomitar como se me ha escarapelado el cuerpo y se me han caído las lágrimas y cerrado el pecho de la náusea leyéndolas estos últimos dos días. Y a la mayoría de ustedes ni siquiera las conozco.

Hasta hoy que escribo esto con el estómago en la garganta y el corazón sobre la mesa, no tenía idea ni de la profundidad ni de lo doloroso del asunto. De verdad, no tenía idea. No sé si porque vivía en negación constante o porque en verdad era un punto ciego desde donde yo andaba parado, pero lo cierto es que no sabía. Y lo siento muchísimo porque me he burlado incontables veces de eso de la “invisibilización” y el “falocentrismo” o “androcentrismo” y lo “heteropatriarcal” y el “machismo” porque los veía como cháchara ridícula y exagerada, consigna vacía. Teatro, pose de drama queen que quiere que le inclinen la cancha a favor y por eso está detrás de cuotas de género para todo. Y por eso me he burlado y reído mucho, muchísimo, en público y en privado. Y me burlaba porque no tenía idea. Ni puta idea. Y lo siento. Siento haber sido incapaz de ver el mundo que sufre la mitad del mundo por haber nacido con vagina en vez de pene. Lo siento.

Quiero ensayar una explicación que no justifica nada, en absoluto, pero que, quizás, dadas la profundidad del problema y lo lejano de una solución definitiva, puede ayudar. Todo esfuerzo que se haga por explicar y entender más y mejor el asunto, suma, creo. Esto también, a manera de disculpa con todas ustedes.

Dicen que la medida de toda mujer en la cabeza de un hombre es su propia madre. El modelo de mujer que está en mi cabeza es un animal muy raro y que nunca había entendido completamente. Creo que nunca escuché a mi madre quejarse de nada, resolvía en instantes y de mil maneras el problema que fuera que tuviera delante. Y lo resolvía por sus hijos también. Con dos niños de 3 y 1 años echó al marido de la casa y nunca más tuvo otro. Pudo contratar a alguien que la ayude en la casa recién cuando sus hijos cumplieron 9 y 7 años. Durante nueve años se ocupó por completo de la casa, de sus hijos y de su trabajo porque era una alta funcionaria del Estado. Se mudó con ellos a Arequipa cuando tenían 11 y 9 años manejando y con todo lo que pudo cargar sobre el techo de su Volkswagen escarabajo para que pudieran entrar al colegio que ella quería para ellos. Convencional como era y es, tomaba la vida por asalto siempre y sin tomar prisioneros. Jamás la oí ni la vi apelar a su condición de mujer para exigir, pedir o conseguir algo, nunca. Siempre fue la jefa y se portaba “como un hombre”, a grito pelado y lisura y media cuando era necesario. De armas tomar sin importar a quién tuviera al frente: al Presidente de la República, al jardinero o a la señora que vendía pescado en un puesto de Epsep en el mercado. 

Me tomó muchos años entender que jamás pidió ayuda porque nunca tuvo a quién pedírsela y que se llevaba de encuentro al mundo en un mundo de hombres porque tenía hijos que dependían de ella. Peleaba “como hombre”, hablaba “como hombre” y se sacaba la mierda trabajando “como hombre”. Esa es -o era- mi imagen de mujer: una a la que no hay necesidad alguna de favorecer ni tratar de manera especial. La única vez que vi que la agredieron físicamente -tendría yo 6 o 7 años- no se quejó ni fue a denunciar a nadie sino que con su metro sesenta agarró a manguerazos al miserable que era hombre y más grande que ella. No sé si la habrán acosado en el trabajo. No sé si la habrán insultado en la calle (bueno, una vez hace no tanto cuando le reclamó a alguien por estar estacionándose en el lugar para discapacitados y le gritaron “¿A usted qué mierda le importa vieja puta de mierda?”, pero esa fue una mujer). No tengo idea de qué violencias ha sido víctima porque eso no se dice y de algunas cosas no se habla. Así que crecí pensando que eso es lo normal. Completamente ciego al mundo que ve la mitad de las personas del planeta. De mi país.

Hoy tengo una hija y me aterra lo que veo. No quiero que le den ventajas ni consideraciones especiales por ser mujer, quiero que la traten como tratarían a su padre. Ni más ni menos. En la calle nadie se siente con derecho a decirme nada. Ni a insultarme ni a piropearme ni a mirarme lascivamente. Nadie se siente con derecho de abordarme si me ven emborrachándome solo sobre la barra de un bar. Nadie se siente con derecho a abordarme nunca. Mucho menos a tocarme. A nadie se le ocurre que yo necesite salir acompañado a la calle ni de día ni de noche ni a la hora que sea. Cuando alguien me tocó de mala manera en el Metropolitano le reventé el hocico de un codazo y no pasó nada. Nunca nadie sintió necesario preguntarme si era casado o si esperaba o quería tener hijos cuando me presenté a alguna entrevista de trabajo. 

No soy Brad Pitt: soy grande, gordo y feo y no me siento menos que nadie. Soy grande, gordo y feo y siento que el mundo es mío. No quiero que mi hija sienta que tiene que ser chiquita, flaquita y linda para no ser invisible. No quiero que mi hija sienta, nunca, que el mundo no puede ser suyo si es de una determinada manera. O si no es de una determinada manera. 

Les pido a todas ustedes perdón. Y a mi hija también. Porque ha llegado a un mundo de mierda que su propio padre ha ayudado a construir con su tremenda y terrible ignorancia.

Anuncios

Acerca de Luis Davelouis

Pregunta. La primera vez es gratis.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a #NiUnaMenos

  1. Estimado,

    Deseamos comunicarnos con usted para poder invitarlo a ser ponente en un evento. ¿Podriamos tener su correo de contacto?

    Saludos!

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s